Columnas
Inclusión financiera femenina en Chile: el problema no es el acceso, es lo que ocurre después
Por Valentina Novoa Hales*
Chile logró bancarizar a las mujeres. Pero aún no logra incluirlas. La evidencia muestra que, aunque el acceso al sistema financiero está prácticamente resuelto, la participación sigue siendo desigual en aquello que realmente importa: la acumulación de patrimonio. A primera vista, muchos podrían afirmar que la inclusión financiera femenina en Chile es un caso de éxito en América Latina. La narrativa predominante sostiene que la cobertura de cuentas bancarias alcanza prácticamente al 100% de la población, sin brechas relevantes entre hombres y mujeres. Pero, como advierte Chimamanda Ngozi Adichie, la historia única deja a algunas “sin historia”. Y cuando miramos más allá de esa superficie, aparece un relato distinto. El Informe de Género en el Sistema Financiero 2025 de la CMF muestra que, aunque las mujeres participan más en instrumentos de ahorro, mantienen saldos significativamente menores, invierten menos y acceden en menor medida a financiamiento de mayor escala.
Este fenómeno no es exclusivo de Chile. CGAP ha señalado que la brecha ya no está en el acceso, sino en el uso efectivo de los productos financieros y en su capacidad para acompañar procesos de acumulación de patrimonio (Pathways to Financial Inclusion for Young Women, 2025). La pregunta, entonces, no es si las mujeres están dentro del sistema, sino en qué condiciones participan de él. Y esa respuesta depende, en gran medida, de cómo contamos la historia.
Barreras estructurales: el problema de fondo

Las brechas en la calidad del uso financiero no son casuales: responden a barreras estructurales ampliamente documentadas. El informe de CGAP identifica restricciones de origen social y económico —como el menor acceso a ingresos formales— que en Chile se expresan en una participación laboral femenina muy inferior a la masculina, limitando su capacidad de ahorro e inversión. A ello se suma una brecha en capacidades financieras: la CMF evidencia que las mujeres presentan menores niveles de conocimiento financiero en segmentos como las PYMES, lo que se traduce en decisiones más conservadoras. En el diseño de productos, persiste un desalineamiento evidente: mientras las mujeres privilegian el ahorro, la oferta continúa centrada en el crédito, reduciendo su acceso a financiamiento productivo y vinculándolas principalmente al consumo. Finalmente, su mayor vulnerabilidad frente a shocks —especialmente de salud— se refleja en una menor cobertura de seguros, debilitando la posibilidad de sostener procesos de acumulación de patrimonio. Estas barreras no impiden el acceso, pero sí condicionan profundamente la forma en que las mujeres participan en el sistema financiero.
Oportunidad de mercado en un diseño costumer centric con perspectiva de género
Lejos de constituir solo una brecha, este escenario revela una oportunidad de mercado significativa para el ecosistema financiero. Las mujeres no solo presentan menores niveles de morosidad y un mejor comportamiento de pago —como muestra la CMF—, sino que, incluso en contextos de mayor vulnerabilidad, tienden a gestionar sus finanzas con mayor disciplina. Esta combinación de subparticipación y buen desempeño configura un segmento atractivo, pero subatendido. Aprovechar esta oportunidad requiere avanzar hacia un diseño de productos genuinamente customer centric, incorporando una perspectiva de género que permita alinear la oferta con las necesidades reales de las usuarias. Más que ampliar el acceso, el desafío —y la oportunidad— está en aumentar la intensidad y calidad de su participación financiera, habilitando instrumentos que no solo acompañen el consumo, sino que faciliten la acumulación de patrimonio y la gestión del riesgo en el largo plazo.
En la práctica, esto abre oportunidades concretas para desarrollar productos financieros más efectivos y escalables. En ahorro, por ejemplo, soluciones que integren automatización —como reglas vinculadas a ingresos o gastos— combinadas con mecanismos de “ilíquidez controlada” pueden responder mejor a la preferencia femenina por construir capital de forma progresiva. En inversión, modelos de fraccionamiento —como la tokenización de activos o el crowdfunding inmobiliario— reducen barreras de entrada y permiten alinear los instrumentos con objetivos tangibles, como vivienda o educación. En seguros, productos integrados a cuentas de ahorro o inversión, con primas flexibles y beneficios de corto plazo, pueden aumentar su adopción en segmentos históricamente subatendidos. Y en experiencia de usuario, interfaces simples, acompañamiento contextualizado y canales de confianza —como comunidades o redes cercanas— resultan claves para cerrar brechas de uso. En conjunto, estos elementos no solo responden a una lógica de inclusión, sino a una estrategia de negocio que reconoce el valor de diseñar desde las necesidades reales de las usuarias.
La deuda institucional de la inclusión financiera
El desafío, sin embargo, no es solo de diseño de producto, sino de enfoque institucional. En un contexto donde la inclusión financiera es uno de los objetivos declarados de la Ley Fintech, cabe preguntarse si el sistema —regulatorio y de mercado— está realmente diseñado para incluir, o si simplemente ha masificado el acceso sin transformar la calidad de la participación. Si la evidencia muestra que las mujeres están dentro del sistema, pero no logran acumular patrimonio ni acceder a instrumentos que impulsen su desarrollo económico, entonces el problema no es de cobertura, sino de diseño. Persistir en una arquitectura centrada en el crédito, en productos poco flexibles y en métricas de corto plazo equivale a optimizar el sistema para el cliente equivocado.
Más allá de las cifras: cambiar la historia
Y aquí volvemos al punto de partida: si seguimos midiendo la inclusión financiera solo por acceso, estaremos aceptando una historia única que distorsiona la realidad y nos impide ver la transformación que aún falta. Dejar que la inclusión dependa de ese relato miope es renunciar a su potencial como herramienta de movilidad económica. Corregirlo exige ir más allá del discurso: incorporar incentivos regulatorios que premien la innovación en ahorro e inversión accesible, fortalecer la educación financiera con foco en decisiones reales y utilizar herramientas como Open Finance para construir soluciones verdaderamente personalizadas. De lo contrario, la inclusión seguirá siendo una promesa estadística más que una transformación económica efectiva.
*Valentina Novoa Hales es abogada (LL.M. King’s College London, MBA cand.) especializada en regulación económica, fintech y economía digital. Con más de diez años de experiencia en mercados tecnológicos y financieros, se enfoca en el análisis de los desafíos regulatorios que plantea la transformación digital. Actualmente cursa un MBA en OBS Business School – Universitat de Barcelona.




