Columnas
Mejor no saber: cuando la realidad supera a la ficción
Por Leonor Herrera V.*
“La integridad tiene un costo. A veces es mejor no saber o no preguntar.” (Daniel Blake, Daredevil: Born Again — personaje de ficción)
La frase la dice un funcionario que forma parte de un sistema corrupto, del cual se beneficia, pero que al mismo tiempo le tiene miedo. No es una reflexión moral. Es una advertencia. Y en esa tensión entre protección y miedo, aparece algo sobre lo cual vale la pena reflexionar: en ciertos entornos, saber no es indiferente y preguntar tiene un precio.
Lo inquietante es que esta lógica no es ajena al mundo organizacional, donde muchas veces, la realidad supera a la ficción.
Durante años, el compliance ha sido construido sobre políticas, matrices y controles.
El problema es que esa manera ha demostrado no siempre ser la forma más efectiva. La OCDE lo señala en su informe Perspectivas de anticorrupción e integridad 2026: los países han avanzado en marcos normativos, pero no necesariamente en implementación efectiva ni en resultados concretos. Dicho de otra manera, tenemos cada vez mejores sistemas pero no necesariamente organizaciones más íntegras.

Entonces, la brecha no está en el papel, está en lo que ocurre cuando nadie está mirando, cuando el resultado importa más que el cómo, cuando el contexto hace que cumplir sea más costoso que incumplir.
Y ahí es donde el análisis puramente normativo se queda corto. Porque el problema no siempre es que las personas elijan conscientemente hacer lo incorrecto. La mayoría no nos levantamos por la mañana pensando en cómo evadir las reglas. Lo que ocurre es más sutil, y de cierta forma más difícil de modificar: cuando reconocer algo inconveniente tiene un costo personal, tendemos a no verlo como un dilema ético en primer lugar, o simplemente lo justificamos. La mente encuentra formas de no procesar lo que no nos es conveniente dentro de un contexto particular.
Bajo esta lógica, la deshonestidad deja de ser un problema exclusivo de los “antagonistas” o “malos de la película” —personas calculadoras que buscan activamente la brecha para su propio beneficio— y se refleja un fenómeno que arrastra a la mayoría de las personas a través de la racionalización.
Esto tiene consecuencias muy concretas. El jefe que no pregunta cómo se logró el resultado, la colega que “no sabe” lo que pasa en el otro equipo, el que no denuncia para no involucrarse, etc. En todos esos casos, la omisión no es necesariamente una decisión, es el resultado natural de un entorno que hace más fácil —y menos costoso— no saber.
No preguntar. No profundizar. No denunciar.
Cuando los sistemas no protegen a quien levanta la mano, la omisión deja de ser una excepción y se convierte en una estrategia de sobrevivencia. Y cuando eso ocurre, la integridad puede convertirse en una carga individual: la de quien decide asumir el costo que los demás evitan.
Por eso el desafío del compliance hoy no se resuelve solo con “mejores normas”. Se resuelve entendiendo por qué, en ciertos contextos, cumplirlas se vuelve un acto de valentía en lugar de un comportamiento esperado.
Ya que si en una organización es mejor no preguntar, el problema nunca fue la falta de normas.
Probablemente fue —y sigue siendo— el costo de cumplirlas.
*Por Leonor Herrera V.
Especialista en compliance, Directora Ejecutiva de BTrusted.




