Entrevistas
Marta Herrera: “La mujer directa es “¡wow, qué carácter!””
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, EstadoDiario conversó con Marta Herrera, abogada con más de 20 años de trayectoria en el Ministerio Público, donde lideró áreas jurídicas y unidades especializadas en delitos económicos y corrupción, y fue candidata a fiscal nacional. Actualmente se desempeña como gerente de ética y cumplimiento en Codelco y como directora jurídica del Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI).
Durante esta entrevista, realizada en enero de este año, Herrera reflexiona sobre su trayectoria profesional y sobre cómo la especialización en probidad y anticorrupción ha marcado el hilo conductor de su carrera. En esa línea, subraya que la integridad no es exclusiva del sector público, sino un valor esencial para toda la sociedad. Asimismo, aborda los desafíos que aún persisten en materia de equidad de género en espacios de alta responsabilidad.
Para comenzar, me gustaría preguntarte sobre tu trayectoria, la cual ha cruzado lo público, lo institucional y actualmente te encuentras en una empresa estratégica del Estado. ¿Qué hilo conductor ves entre todas estas etapas?
Pueden verse distintas, pero hay un hilo conductor importante que, sobre todo para las generaciones más jóvenes, es relevante aclarar: uno no tiene muy claro hacia dónde va su desarrollo profesional cuando es muy joven.

Yo partí en el Consejo de Defensa del Estado y de ahí me cambié a la Fiscalía, postulé a un cargo porque me atraía mucho el nuevo sistema procesal penal. Eso era lo que me atraía: el sistema. En ese momento ya estaba haciendo clases en derecho procesal, uno de los ramos formativos más importantes de la carrera, y se venía todo este cambio de la reforma procesal penal, que me resultaba muy atractivo.
Como digo yo, la vida lo va llevando a uno a descubrir cosas que no conocía y que le gustan mucho más. Entre 2001 y 2007 me desempeñé en distintas áreas del Ministerio Público. A finales de 2007 ingreso como directora de la Unidad Especializada Anticorrupción, que en ese momento tenía otro nombre: Unidad de Delitos Funcionarios y Probidad Administrativa. Me pareció que ese nombre tan largo podía confundir y además “delitos funcionarios” sonaba a asuntos internos. Una de las primeras medidas fue cambiarle el nombre y, más allá del nombre, hacer cambios sustanciales.
Ahí me fui metiendo en el mundo de la probidad, la transparencia, la ética y la integridad, a entender lo importante que es cuidar el patrimonio público, que es de todos los chilenos y chilenas.
En esa etapa de mi carrera entra en vigencia la Ley de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas, que fue un cambio fundamental en nuestro ordenamiento jurídico. Siempre se nos había enseñado que solo las personas naturales podían ser responsables de delitos. Imputar responsabilidad penal a una empresa era impensable durante mucho tiempo. Entonces, esto fue un cambio muy fuerte y comencé a involucrarme en ese proceso desde el área anticorrupción.
Cuando parte esta ley, uno de los tres delitos que contemplaba era el cohecho, tanto doméstico como transnacional, materias de competencia de la unidad que yo dirigía. Comencé con algo más acotado y luego transitamos favorablemente como sociedad hacia entender que la ética y la integridad no son monopolio del mundo público. Son valores que deben estar presentes en toda la sociedad.
Después salgo de la Fiscalía y sigo en el mundo público, que me acomodaba mucho más. Llego a INAPI, lo que fue una reinvención en un ámbito completamente nuevo para mí: la propiedad industrial, la innovación y el emprendimiento. Eso me acercó más al mundo económico, que ya me venía interesando con el tema del compliance.
Luego surge esta posibilidad en Codelco, que para mí es un honor. Asumir en febrero este desafío en la principal empresa de Chile y con relevancia mundial, con un rol estratégico en la transición energética, es algo que me emociona muchísimo. De alguna manera, siento que sigo trabajando en lo público, aportando valor, y eso es algo que me seduce muchísimo.
Mirando tu carrera en retrospectiva, ¿hubo algún momento en que sentiste que estabas tomando un riesgo profesional importante? ¿Por qué?
La candidatura a fiscal nacional implicó tomar un riesgo. Pero no lo veo como algo negativo. Sentía que estaba asumiendo una responsabilidad que me correspondía. Llevaba mucho tiempo en la Fiscalía, conocía su funcionamiento y tenía un diagnóstico claro, además de las cosas que internamente debíamos cambiar. Por supuesto estas candidaturas no son individuales, son proyectos colectivos. Había un grupo que creíamos que teníamos una ventaja en términos de conocer cuales eran los aspectos que debíamos mejorar para ponerlos en marcha.
Sentía que cumplía una responsabilidad con una institución que quería muchísimo. Mi carrera profesional parte en la Fiscalía. Si bien, durante los últimos 17 años había estado en el área de la dirección jurídica de la Fiscalía Nacional y de la unidad anticorrupción, ya había tenido desempeño en distintas áreas. Tenía un manejo bien importante y lo sentí como una responsabilidad.
Entré soltera, fue mi primer trabajo como abogada. Decía casi que la sentía como un tercer hijo. Mis hijos nacieron mientras yo trabajaba allí. Le tenía un cariño muy profundo, a ese nivel. A mis hijos no les va a gustar que yo diga eso pero ellos también entienden.
Era un riesgo porque yo sabía que si no quedaba como fiscal nacional debía dar un paso al costado. Eso era claro. En ese sentido, sí era un riesgo, porque implicaba reinventarme después de mucho tiempo, pero creo que todas las cosas pasan por algo. Uno cumple ciertos ciclos y creo que la única forma que me diera cuenta que este ciclo ya se cumplió, fue con esto. Había trabajado directamente con tres fiscales nacionales, era momento de dar vuelta la página y se dio de esta forma. No voy a mentir, fue doloroso, pero me sirvió para tomar una decisión y que las cosas ahora estén mejor, en el sentido de abocarme a un desafío que me entusiasma muchísimo.
¿Qué decisiones crees que fueron clave para no encasillarte en un solo rol dentro del mundo jurídico?
La Fiscalía es una institución tan grande que da espacio para desarrollarse en muchas áreas. Yo partí trabajando en el área de estudios, evaluación, control y desarrollo de la gestión. Para un primer trabajo como abogada, empezar viendo temas de gestión e interactuando con otros profesionales fue muy bueno.
Luego trabajé en el área de víctimas y testigos, que es algo muy distinto, pero también muy interesante. De ahí pasé a trabajar en delitos sexuales, que es una experiencia muy bonita, pero también muy fuerte. Creo que ahí es mucho más difícil mantenerse mucho tiempo, al menos conservando las habilidades que se necesitan para tratar con víctimas tan vulnerables.
Después me fui a una fiscalía operativa, lo que también fue muy entretenido. Más tarde asumí esta área en la que estuve durante mucho tiempo y, claro, es difícil no hablar de algo donde una se estaba encasillando, pero eso también da mucho margen de acción.
Afortunadamente, durante los 16 años que estuve ahí también hubo muchos cambios legislativos. Eso es muy gratificante, porque pude participar en debates legislativos poniendo el acento en cuáles eran las necesidades que efectivamente existían en la materia. Además, pude participar en muchas actividades internacionales.
Presidir la PEC cuando se realizó en Chile, en el Grupo Anticorrupción y Transparencia, dentro de un foro económico, te abre a cuestiones totalmente distintas y muy interesantes. Era muy difícil quedarse haciendo siempre lo mismo. Constantemente estábamos haciendo cosas nuevas.
Recuerdo que nos ganamos dos proyectos con fondos de la Unión Europea. Uno de ellos, el primero que obtuvimos en 2008, precisamente cuando yo recién había llegado, era un proyecto para una fiscalía especial de alta complejidad, que en definitiva corresponde a lo que hoy es ley con la fiscalía supraterritorial.
Recién el año pasado, hacia finales de año, se designó al primer jefe de esa fiscalía. Era un proyecto que teníamos desde 2008, cuando incluso fuimos a conocer los modelos que existían en Europa para este tipo de fiscalías.
En su momento no prosperó y fue materia de dos proyectos de ley: uno de la expresidenta Bachelet y otro del expresidente Piñera. Ninguno avanzó en ese momento, pero finalmente ahora se convirtió en ley. Había muchas cosas que se podían hacer.
También participamos en otro proyecto financiado por la Unión Europea, a través de Eurosocial, enfocado en la protección del denunciante de corrupción. Recuerdo que cuando empezamos a trabajar este tema, yo mostraba en distintos foros algunas fotos reales de casos de protección de testigos en México y en otros países de la región que tenían realidades muy duras en esta materia.
Las imágenes eran bastante crudas y yo decía: “OK, nosotros no estamos en esta situación, pero la idea es justamente no llegar a estarlo”.
La idea es adelantarnos. Hoy también enfrentamos problemas en materia de seguridad y crimen organizado, y justamente lo que decimos es que debemos anticiparnos, porque los problemas que en algún momento parecen lejanos finalmente terminan llegando.
Eso me llevaba a estar siempre, en términos muy coloquiales, muy “arriba de la pelota”, mirando cosas distintas en muchos ámbitos. Era imposible aburrirse.
Siempre aparecían nuevos proyectos. Además, teníamos permanentemente el desafío de mejorar la persecución penal en materia de corrupción pública, porque los resultados no han sido muy buenos por distintas razones, incluso relacionadas con la propia legislación.
Por algo impactó tanto la condena que recibió el año pasado el exdirector de la PDI. Parecía una condena altísima, aunque en realidad las penas ya llevaban un tiempo habiendo sido aumentadas. Siempre han existido problemas y complejidades importantes para perseguir este tipo de delitos.
Por eso, cuando los espacios de mejora son tan amplios, una sigue ahí, porque siempre aparecen nuevas cosas que hacer. Y además es un trabajo muy bonito y muy desafiante.
Por lo mismo, tenía que ocurrir algo que marcara un punto de inflexión. Tenía que existir un hito importante para que yo decidiera dejar ese espacio.
Debo reconocer que soy una persona afortunada, porque fue tomar esa decisión y asumir también las consecuencias que implicaba.
Hoy creo que fue para mejor. En algún momento me pregunté: “¿Y ahora qué voy a hacer?, ¿he dedicado toda mi vida a esto?”. Pero la verdad es que siempre hay mucho por hacer.
¿Qué aprendizaje de tu etapa en el Ministerio Público te llevas para liderar el área de Ética y Compliance de Codelco?
Todo lo que puedo hacer hoy deriva de lo que construí en casi 22 años en la Fiscalía. El trabajo en equipo, el enfoque interdisciplinario, dirigir equipos grandes. Pero, sobre todo, encontrarle sentido al trabajo desde el aporte de valor a la sociedad.
En corrupción pública no teníamos víctimas concretas: la víctima era la sociedad en su conjunto. Tener esa mirada es lo más valioso. Codelco también tiene un aporte de valor tremendo para el país. Esa enseñanza va a ser clave para mi desempeño futuro.
En cargos de alta responsabilidad, la credibilidad es clave. ¿Cómo se construye y se sostiene en el tiempo?
Se trabaja día a día. Cada decisión importa. En la Fiscalía, especialmente en el área anticorrupción, había que actuar con total honestidad. Fui vocera de la institución y eso implicaba que la información debía ser clara, transparente y honesta.
Por supuesto habían límites legales de confidencialidad, pero la credibilidad se construye teniendo presente el compromiso con las personas en cada decisión y en la forma en que se explican esas decisiones.
¿Sientes que socialmente es más complicado obtener esa credibilidad siendo mujer?
Yo creo que las mujeres, incluso al día de hoy, seguimos teniendo mayores complejidades. Eso no podría negarlo. Creo que estamos en una etapa del desarrollo de Chile en la que hemos visto modificaciones muy importantes.
La situación de una Marta adolescente y la de una Marta bastante más madura es distinta. Lo que tiene que vivir y lo que le va a tocar vivir a mi hija de 15 años es muy diferente de lo que me tocó vivir a mí a esa edad.
En la universidad, por ejemplo, había cosas que entendíamos como normales y que hoy serían impensables. Si uno no respondía algo en clases, incluso los profesores podían mandarnos a ser dueñas de casa y a lavar los platos. Hoy no creo que algún profesor se atreva a decir algo así sin correr un riesgo importante.
Dicho eso, hay cuestiones que no podemos negar. Es una realidad que a las mujeres nos cuesta más acceder a ciertas posiciones y que estamos mucho más expuestas, por ejemplo, a que se nos enrostren nuestros errores de una forma distinta a la que ocurre con los hombres.
En general, el hombre directo es visto como asertivo. En cambio, a nosotras se nos suele calificar de muchas otras maneras que no necesariamente tienen que ver con la asertividad, aun cuando la conducta sea exactamente la misma.
Yo creo que he tenido muchas posibilidades, y por eso quiero insistir en ese punto. No sé si muchas posibilidades por ser mujer, sino más bien pese a ser mujer. No quiero ser malagradecida, pero tampoco puedo desconocer que los problemas siguen presentes al día de hoy.
Nuestras exigencias, en términos de credibilidad y en muchos otros aspectos, suelen ser más altas que las de los hombres.
Quizás lo que ha ocurrido con las mujeres de mi generación es que hemos asumido que las cosas nos cuestan más y que tenemos que demostrar más: que somos capaces, que somos competentes, que podemos desempeñarnos en distintos ámbitos. Pero, aun estando asumido, también es una pelea muy bonita.
Yo lo hablo con mi hija y ella sí lo entiende. Ella, que a sus 15 años se autodefine como feminista, lo tiene muy claro. Cada 8 de marzo, cuando yo la iba a dejar al colegio, le contaba sobre la fábrica en Nueva York y sobre el origen de la conmemoración, y ella lo tiene muy asumido.
Seguramente la forma en que ella va a enfrentar el mundo será distinta de la que me ha tocado a mí, entendiendo que a mí me ha tocado vivir con mayores dificultades y con exigencias más altas.
Hay ejemplos muy cotidianos. Ser simplemente directa. Insisto: el hombre directo es asertivo; la mujer directa es “¡wow, qué carácter!”.
Y la pregunta es: ¿por qué estaría mal que una mujer tenga carácter, sobre todo cuando debe desempeñarse en roles que justamente requieren carácter? Sin embargo, muchas veces eso se sigue interpretando como algo negativo.
Eso sigue estando presente. Cada vez menos, pero todavía existe.
Por lo mismo, cuando decidí postular a fiscal nacional sabía que estaba asumiendo un riesgo y que esa decisión iba a traer aparejadas ciertas consecuencias.
Aun así, fue algo muy importante. Haber ocupado un lugar en la quina y haber sido la primera mujer nominada por el presidente de la República, aunque finalmente el Senado rechazara la nominación, valió la pena. Valió la pena justamente para que más mujeres se atrevan a intentarlo.
Hoy el cargo que tengo es de alta dirección pública, y en ese ámbito el Servicio Civil sigue impulsando campañas importantes porque las mujeres siguen presentándose menos a estos procesos. Esa es una realidad y existen estadísticas que lo muestran.
Sabemos que esto ocurre. Por lo mismo, es necesario que exista también una conciencia social respecto de las dificultades que todavía existen hoy.
¿Cómo ves el compliance y la ética en Chile en los próximos años?
Quiero verlo como un tema consolidado. Pero falta mucho. Ha habido solo dos juicios con condena relevantes bajo la Ley 20.393, como el caso Corpesca. En uno de los juicios, en 2022, personas de la empresa no habían escuchado nunca hablar de la ley, vigente desde 2009.
La Ley de Delitos Económicos remeció el sistema. Pero durante mucho tiempo muchas empresas hicieron un cumplimiento formal, un checklist. Ese no es el espíritu. El objetivo es cambiar la cultura organizacional hacia una cultura de integridad, no por amenaza sino por convicción.
Los cambios culturales son de largo plazo. Pero quiero creer que estamos transitando hacia allá.
¿Qué consejo le darías a la Marta que recién comenzó su carrera?
Que fuera más empoderada. Era muy tímida. Escuchar es valioso, pero a veces cuesta creerse el cuento. Le diría: parte empoderada.
Y a las jóvenes abogadas les diría que sepan lo que valen, pero que se formen bien, no solo en conocimiento jurídico sino en razonamiento, análisis y ética profesional. Lamentablemente, esos valores a veces se ven ausentes en el ejercicio de la profesión.




