Columnas

Formar abogados en la era de la IA (III)

Por Sebastián Bozzo Hauri*

Competencias profesionales en un Derecho centrado en las personas

Sebastián Bozzo Hauri

Si en las columnas anteriores abordamos la necesidad de proteger la ruta de aprendizaje y de transformar el aula en un espacio de entrenamiento, esta tercera parte se detiene en una cuestión esencial: ¿qué tipo de abogado necesita una sociedad atravesada por inteligencia artificial?

La respuesta no puede formularse únicamente en términos tecnológicos. El Derecho y la justicia han tenido históricamente un eje claro: las personas.

El Derecho nace para ordenar la convivencia humana

El Derecho surge porque las personas necesitamos normas que regulen nuestra convivencia. Sin reglas compartidas no hay orden social, ni desarrollo económico, ni estabilidad política. Las normas permiten coordinar expectativas, resolver conflictos y dar estructura a la vida en común.

La justicia, como uno de los pilares del Derecho, cumple una función aún más profunda: busca restablecer el equilibrio cuando se ha producido un conflicto, otorgando certeza y paz social. En definitiva, el Derecho no existe para los sistemas ni para las instituciones en abstracto; existe para las personas.

Este recordatorio es crucial en la era de la inteligencia artificial. Porque, aunque los sistemas automatizados puedan procesar información jurídica con gran eficiencia, el conflicto jurídico sigue siendo, en su núcleo, un conflicto humano.

Lo que la IA no puede reemplazar

La inteligencia artificial puede analizar contratos, revisar jurisprudencia o proyectar escenarios litigiosos. Pero no puede al menos no en sentido genuino comprender el sufrimiento de un cliente, leer el contexto emocional de una familia en crisis o interpretar los matices sociales que rodean una decisión empresarial compleja.

Aquí emerge el espacio donde el abogado debe destacar.

En un mundo donde el conocimiento normativo está disponible y donde las tareas repetitivas se automatizan, la diferenciación profesional se jugará en capacidades que la IA no puede replicar plenamente:

  • Empatía real frente al conflicto humano.
  • Capacidad de escuchar activamente y comprender el problema más allá del expediente.
  • Habilidad para traducir soluciones jurídicas en tranquilidad para el cliente.
  • Juicio prudencial ante dilemas éticos complejos.
  • Lectura contextual de variables sociales, económicas y culturales.

El abogado competente en la era de la IA no compite con la máquina en velocidad de procesamiento; compite en profundidad humana. En este contexto, ¿necesitamos abogados con ciertas herramientas que entrega otras áreas disciplinares como la psicología?

Tecnología para ampliar, no para sustituir

Esto no implica rechazar la tecnología. Al contrario, el profesional del futuro debe dominar herramientas de inteligencia artificial para mejorar su propuesta de valor.

Debe ser capaz de:

  • Utilizar sistemas de análisis jurídico para optimizar tiempos.
  • Automatizar procesos que antes consumían recursos excesivos.
  • Anticipar riesgos mediante modelos predictivos.
  • Generar soluciones más eficientes y accesibles para sus clientes.

Sin embargo, estas herramientas deben ponerse al servicio de una finalidad mayor: ofrecer respuestas jurídicas que comprendan la dimensión humana del conflicto.

La IA puede organizar información; el abogado debe transformarla en una decisión justa y responsable.

El saber hacer con sentido humano

En este nuevo escenario, el “saber hacer” adquiere una doble dimensión.

Por una parte, implica competencias técnicas: interactuar con herramientas digitales, supervisar procesos automatizados, evaluar riesgos tecnológicos y convertir datos en estrategias jurídicas concretas.

Por otra, exige competencias profundamente humanas: poner al cliente en el centro de la operación, ejerciendo liderazgo, con capacidad de comunicación, manejo de conflictos, inteligencia emocional y capacidad de negociación.

La formación jurídica debe, por tanto, preparar profesionales que ingresen al mercado laboral en un nivel superior de madurez profesional. No basta con comprender instituciones jurídicas; es necesario saber aplicarlas con criterio y sensibilidad.

Un abogado productivo desde el primer día no es solo aquel que domina normas, sino quien sabe orientar al cliente, anticipar consecuencias y transmitir seguridad en contextos de incertidumbre.

Prácticas tempranas y mentoría con propósito

A mi juicio, para desarrollar estas competencias, la formación universitaria debe incorporar prácticas tempranas, clínicas jurídicas y espacios de simulación profesional que permitan entrenar tanto habilidades técnicas como humanas.

La experiencia clínica no solo enseña a redactar escritos o estructurar demandas; enseña a escuchar, a acompañar, a explicar decisiones difíciles y a gestionar expectativas. Allí el estudiante comienza a comprender que detrás de cada caso hay una historia personal. ¿será necesario dotar a estas clínicas jurídicas de otros profesionales como psicólogos que acompañen al estudiante en este proceso?

Microcredenciales y trayectorias diferenciadas a través de mentorías

La mentoría académica y profesional cumple un rol estratégico. Hacia el tercer año de carrera, el estudiante debería comenzar a perfilar su trayectoria, orientando su formación hacia áreas específicas donde pueda combinar dominio técnico y desarrollo de habilidades blandas centradas en el cliente.

Las microcredenciales pueden ser un instrumento eficaz para acreditar competencias especializadas —por ejemplo, en regulación tecnológica, cumplimiento normativo o análisis de datos jurídicos— pero deben integrarse en una lógica más amplia: fortalecer la empleabilidad sin perder el foco humano del ejercicio profesional.

Asimismo, la articulación temprana con programas de magíster permite consolidar trayectorias profesionales coherentes y diferenciadas, favoreciendo un desarrollo progresivo en áreas estratégicas.

La especialización no debe entenderse solo como acumulación de conocimientos técnicos, sino como construcción de una identidad profesional con propósito.

Emprender desde la propuesta de valor humana

Por otra parte, cabe considerar que en un entorno donde la tecnología reduce barreras de entrada, el abogado debe ser capaz de emprender y diseñar propuestas de valor diferenciadas.

Esa diferenciación no se construye únicamente sobre el uso de IA, sino sobre la capacidad de combinar eficiencia tecnológica con comprensión profunda del cliente. La verdadera ventaja competitiva estará en ofrecer servicios jurídicos más rápidos y precisos, sin perder cercanía, confianza y responsabilidad ética, es decir buscar soluciones con propósito.

El profesional que logre integrar tecnología y humanidad estará mejor preparado para competir y destacar.

Conclusión: humanidad como ventaja estratégica

La inteligencia artificial redefine el entorno en el que se ejerce el Derecho, pero no altera su fundamento: el Derecho existe para ordenar la convivencia humana y la justicia busca restablecer la paz entre personas.

Formar abogados en la era de la IA exige, por tanto, una doble apuesta: dominio tecnológico centrado en las personas, diagnosticar el problema y diseñar soluciones considerando lo que el cliente necesita, manejar expectativas y buscar opciones realistas.

El futuro abogado deberá saber dirigir herramientas inteligentes, pero también comprender el dolor, la incertidumbre y las aspiraciones de quienes acuden a él. Allí reside el espacio donde la IA no puede reemplazarlo.

En un mundo de algoritmos, la empatía, el juicio prudencial y la responsabilidad ética no son competencias accesorias; son la verdadera ventaja estratégica del abogado del futuro.

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