Columnas

Stablecoins: el puente financiero que usamos, pero aún no regulamos

El reciente desplome del mercado de valores tuvo impactos de gran alcance. Afectó a múltiples sectores, como el tecnológico, y subrayó una dinámica que se estaba volviendo cada vez más familiar en los mercados globales: períodos de aversión al riesgo, contracción de la liquidez y ajustes simultáneos en activos volátiles. El ecosistema cripto, en lugar de quedarse al margen, se comportó como lo hace ahora este ecosistema financiero más amplio, revelando algunas lecciones que deberían explorarse más a fondo.

Por Valentina Novoa Hales*

El reciente desplome del mercado de valores tuvo impactos de gran alcance. Afectó a múltiples sectores, como el tecnológico, y subrayó una dinámica que se estaba volviendo cada vez más familiar en los mercados globales: períodos de aversión al riesgo, contracción de la liquidez y ajustes simultáneos en activos volátiles. El ecosistema cripto, en lugar de quedarse al margen, se comportó como lo hace ahora este ecosistema financiero más amplio, revelando algunas lecciones que deberían explorarse más a fondo.

Valentina Novoa Hales

Uno de los aspectos más llamativos de esta baja, fue que los criptoactivos no se movieron en un carril separado del resto del sistema financiero. En efecto, Bitcoin, Ether y otros activos digitales retrocedieron junto con instrumentos tradicionalmente considerados más riesgosos, reflejando que el mercado digital aún no ha logrado consolidar su separación total de la economía convencional, respondiendo aún a los indicadores macroeconómicos más comunes.

Al contrario de lo que uno pudiera pensar, esto no contradice el espíritu inicial del sector que, desde sus orígenes -se construyó sobre una narrativa de autonomía frente al sistema financiero tradicional- concebida tanto como una premisa tecnológica como un objetivo económico. Lo que ocurrió es que la industria también cambió: se ha desarrollado, institucionalizado, expandido y ha recibido nuevos participantes. Adicionalmente, el mercado también se ha entrelazado más estrechamente con plataformas reguladas, flujos de capital institucional y condiciones de liquidez global. Esta transformación no es una desviación del propósito fundacional de los criptoactivos, si no que un resultado natural del crecimiento de la industria.

Habiendo dicho eso, la volatilidad de las criptomonedas en el marco de la caída busátil, no es lo que más debería captar nuestra atención, sino el rol que cumplieron las stablecoins en medio de la transición: cuando los precios comenzaron a caer, muchos inversores tuvieron que vender sus posiciones en criptoactivos para evitar perder dinero. Pero ese proceso no significó una huida inmediata al sistema bancario tradicional. En numerosos casos, el primer destino de esos flujos fueron las stablecoins: instrumentos digitales diseñados para mantener una paridad nominal (generalmente en USD), que operan de forma continua y sin las restricciones horarias de la infraestructura bancaria.

En la práctica, las stablecoins no actuaron como un refugio patrimonial en el sentido clásico, ni ofrecieron protección frente a la caída generalizada de los precios. Su función fue distinta y, en cierto sentido, más estructural. Operaron como un puente operativo dentro del propio ecosistema digital, permitiendo a los inversionistas reorganizar sus posiciones y transitar hacia activos menos volátiles antes de eventualmente reingresar al sistema financiero tradicional. Más que preservar valor, facilitaron la movilidad.

Esta distinción es relevante. La última caída bursátil dejó en evidencia que las stablecoins no evitaron pérdidas, pero sí desempeñaron una importante función operativa como vehículo para una salida ordenada del riesgo en la medida que actuaron como un puente operativo dentro del propio ecosistema digital, permitiendo a los inversores reorganizar sus posiciones y pivotar hacia los activos menos volátiles antes de su reingreso al sistema financiero clásico. 

Sin embargo, esta función plantea interrogantes particularmente pertinentes para el mercado chileno. Hoy, este “puente de evacuación” financiero opera sin un marco normativo específico que establezca exigencias claras sobre respaldo de reservas, mecanismos de redención o supervisión institucional. En otras palabras, una pieza incipiente de la infraestructura financiera digital funciona principalmente sobre la base de la confianza privada. Mientras esa confianza se mantiene, el sistema fluye sin fricciones visibles. Las conversiones se procesan con normalidad, y la estabilidad nominal cumple su propósito operativo.

Pero la estabilidad de cualquier sistema financiero no se prueba en la calma, sino en el estrés.

Para descomplejizar esto es muy ilustrativo imaginar un teatro lleno donde los asistentes entran, toman sus asientos y disfrutan de la función. Nadie cuestiona el tamaño de las salidas ni la capacidad del recinto para evacuar a sus ocupantes, porque no existe una necesidad urgente de hacerlo (Hay confianza). Sin embargo, si por cualquier razón todos intentan salir al mismo tiempo, la pregunta relevante no sería qué motivó la salida, sino si la infraestructura fue diseñada para soportar ese flujo simultáneo.

Eso es, en términos simples, una crisis de liquidez. No implica necesariamente que el sistema carezca de recursos, sino que existe una tensión entre la velocidad de los retiros y la disponibilidad inmediata de activos líquidos. En sistemas financieros altamente regulados, esta tensión se gestiona mediante reglas prudenciales, exigencias de respaldo, segregación de activos y supervisión continua. Estas herramientas no eliminan el riesgo, pero buscan ordenarlo.

En entornos menos reglados, en cambio, la estabilidad descansa principalmente en la confianza.

A nivel internacional, el debate regulatorio ha avanzado precisamente en esta dirección. La Unión Europea, a través del Reglamento MiCA, ha establecido requisitos de autorización, exigencias de respaldo en activos líquidos y derechos de redención claros para los emisores de stablecoins, permitiendo a los usuarios solicitar directamente al emisor la devolución de su dinero. En Estados Unidos, ciertos reguladores estatales han optado por exigir transparencia en la composición de reservas y auditorías periódicas, mientras que en Brasil el Banco Central ha iniciado un proceso gradual de integración de estos instrumentos al perímetro financiero formal. En todos estos casos, el objetivo no ha sido eliminar la volatilidad del mercado cripto, sino fortalecer la resiliencia de los mecanismos de liquidez que operan en su interior.

En Chile, en cambio, la discusión aún se encuentra en una etapa incipiente. La Ley Fintech representó un avance significativo en el reconocimiento de los proveedores de servicios financieros tecnológicos, pero no aborda de forma expresa la emisión ni el funcionamiento de stablecoins como instrumentos monetarios digitales. Considerando su creciente utilización como vehículo de tránsito hacia liquidez internacional, este vacío adquiere una relevancia práctica que trasciende el plano teórico.

No se trata de cuestionar el ecosistema ni de sobredimensionar sus riesgos. El mercado ha demostrado una notable capacidad de adaptación y evolución. Pero la experiencia reciente confirma una tendencia más profunda: a medida que los criptoactivos se integran con el sistema financiero global, también comienzan a compartir sus ciclos, sus tensiones y sus vulnerabilidades.

La pregunta, entonces, no es si las criptomonedas seguirán siendo volátiles. Creo que lo serán. Tampoco es si las stablecoins continuarán cumpliendo un rol operativo relevante. Todo indica que sí. La cuestión de fondo es si la infraestructura que permite entrar y salir del riesgo estará acompañada de reglas diseñadas para resistir escenarios de estrés. Cuando el mercado cae, la volatilidad es inevitable. El desorden, en cambio, es gestionable.

En un ecosistema donde las stablecoins comienzan a cumplir funciones cada vez más cercanas a la infraestructura monetaria, avanzar hacia un marco regulatorio que entregue certeza jurídica y estándares prudenciales no constituye una señal de desconfianza. Constituye, más bien, una señal de madurez. Porque en mercados en crecimiento, la estabilidad no solo se construye con innovación tecnológica. También se diseña con reglas que permiten generar confianza en los usuarios y por tanto, un ecosistema más estable.

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