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PARTE II: Formar abogados en la era de la IA Del riesgo de delegación cognitiva al rediseño del aula
Por Sebastián Bozzo*
Si en la primera parte sostuve que el principal riesgo de la inteligencia artificial en la formación jurídica es la delegación cognitiva —es decir, sustituir el proceso de aprendizaje por el resultado automatizado— la pregunta que inevitablemente sigue es otra: ¿cómo debe transformarse el aula para evitarlo?

La respuesta no pasa por prohibir la tecnología, sino por rediseñar el rol del profesor y reorganizar la experiencia formativa. El desafío ya no es solo qué enseñamos, sino cómo garantizamos que las competencias realmente se desarrollen.
El profesor: de expositor a tutor estratégico
Durante décadas, la enseñanza del Derecho se estructuró en torno a la clase magistral. El profesor era el centro, la principal fuente de conocimiento, y el estudiante cumplía un rol mayormente receptivo.
Ese esquema pierde sentido en un contexto donde la información jurídica está disponible, sintetizada y explicada por sistemas de inteligencia artificial. Si el conocimiento puede obtenerse en segundos, la función del profesor ya no puede ser simplemente transmitirlo.
El nuevo rol es el de tutor estratégico del aprendizaje. No abandona su experticia disciplinar; la reorienta hacia el diseño de experiencias formativas que permitan desarrollar competencias profundas: análisis crítico, argumentación sólida, capacidad de integrar normas, principios y hechos, y juicio ético.
El valor del abogado del futuro no estará en escribir más rápido que una máquina, sino en comprender mejor que ella el contexto, los riesgos y las consecuencias de cada decisión.
Primer ciclo: construir la arquitectura jurídica
Sin embargo, esta transformación exige distinguir etapas formativas.
En el ciclo inicial, la prioridad no es la sofisticación tecnológica, sino la construcción jurídica del estudiante. Antes de trabajar intensivamente con herramientas de IA, es indispensable que el alumno desarrolle una comprensión sistemática de las instituciones.
Comprender qué es un contrato, cómo se configura la responsabilidad civil, cuál es la función de los principios generales o cómo se articulan las garantías constitucionales no puede ser reemplazado por ninguna herramienta tecnológica. No se trata de memorizar definiciones, sino de construir una arquitectura mental que permita relacionar normas, identificar problemas jurídicos y razonar con coherencia.
En esta etapa, el profesor cumple una función esencial: asegurar competencias lectoras sólidas, capacidad de análisis normativo, habilidades argumentativas básicas y destrezas comunicacionales. Sin esta base, cualquier interacción con inteligencia artificial será superficial o acrítica.
El aula, incluso en este ciclo, debe funcionar como espacio de monitoreo activo. El docente no solo explica; verifica que el estudiante comprende, relaciona y aplica. Protege así la ruta de aprendizaje que evita la delegación prematura.
El aula como espacio seguro de entrenamiento
Si el riesgo es que el estudiante delegue el razonamiento en la máquina, el aula se convierte en un espacio privilegiado de verificación del proceso.
No se trata de excluir la inteligencia artificial, sino de observar cómo se utiliza. Evaluar no solo el resultado final, sino la construcción del razonamiento: cómo se formula una pregunta, cómo se contrastan fuentes, cómo se corrige un error detectado en la respuesta automatizada.
Las rúbricas pueden incorporar, por ejemplo, la calidad del prompt como evidencia del pensamiento jurídico. La interacción reflexiva con la herramienta puede convertirse en un insumo formativo, siempre que el profesor supervise y retroalimente el proceso.
En este modelo, la clase deja de centrarse en “pasar materia” y se orienta a entrenar competencias. Una estrategia eficaz es liberar parte del tiempo expositivo mediante cápsulas o videos breves y destinar la sesión presencial al trabajo práctico supervisado. Portafolios de actividades alineados con los resultados de aprendizaje permiten seguir el progreso individual y evitar la ilusión de competencia.
Ciclo intermedio: integrar y problematizar con tecnología
Una vez consolidada la base conceptual, el ciclo intermedio puede incorporar un uso más intensivo de herramientas de inteligencia artificial.
Aquí el objetivo no es sustituir el razonamiento jurídico, sino ampliarlo. El estudiante aprende a interactuar críticamente con la tecnología: formular consultas adecuadas, identificar sesgos, verificar fuentes, contrastar respuestas con el marco normativo vigente y fundamentar sus decisiones.
La IA se convierte en un medio para profundizar el análisis, no en un atajo que lo debilite.
El profesor, en esta etapa, actúa como tutor crítico del uso tecnológico. Observa la interacción, cuestiona los supuestos, exige justificación normativa y refuerza la responsabilidad profesional en cada decisión.
Ciclo avanzado: laboratorios de inteligencia artificial y Derecho
En el ciclo avanzado, la formación puede dar un paso adicional mediante la creación de laboratorios de inteligencia artificial y Derecho.
Estos espacios funcionan como entornos de entrenamiento profesional. Allí los estudiantes trabajan con herramientas aplicadas a distintas áreas: análisis predictivo, automatización contractual, apoyo algorítmico en compliance regulatorio o sistemas para resolución alternativa de disputas.
El propósito no es formar programadores, sino abogados capaces de comprender el funcionamiento, las posibilidades y los límites de estas tecnologías en contextos reales. Se simulan escenarios, se diseñan protocolos de supervisión humana y se discuten dilemas éticos vinculados al uso de sistemas automatizados.
En este nivel, el profesor consolida su rol como tutor estratégico: acompaña proyectos, supervisa procesos complejos y garantiza que la tecnología potencie —y no sustituya— el juicio profesional.
Una transformación que trasciende al aula
Este rediseño no puede depender únicamente de iniciativas individuales. Exige coherencia institucional: definición clara de competencias por ciclo, metodologías alineadas con los resultados de aprendizaje y condiciones estructurales que permitan el monitoreo efectivo del progreso estudiantil.
Si la primera parte advertía sobre el riesgo de delegar el pensamiento, esta segunda propone una ruta concreta para evitarlo: transformar el aula en un espacio de entrenamiento progresivo, donde el profesor asume el liderazgo formativo y la tecnología se integra de manera crítica y estratégica.
Formar abogados en la era de la inteligencia artificial no significa enseñar a competir con la máquina. Significa formar profesionales capaces de comprender profundamente el Derecho y utilizar la tecnología para ampliar sus capacidades sin abdicar de su responsabilidad intelectual y ética.
*Dr. Sebastián Bozzo Hauri
Decano Facultad de Derecho
Universidad Autónoma de Chile




