Columnas
Inteligencia Artificial: Por qué el abogado necesita lógica abstracta antes que software de moda
Por Eduardo Ramírez*
Para un ingeniero civil industrial y de software que navega en el mundo de las leyes desde su tradición familiar, ser denominado por el mercado como “ingeniero legal” representa una etiqueta novedosa, que busca darle nombre a lo que hacen quienes están acercándose al ámbito del derecho desde los desarrollos tecnológicos, como también pasa al revés, cuando se denomina con la misma etiqueta a los abogados que exploran las nuevas posibilidades de la inteligencia artificial desde otros códigos, que no son jurídicos, sino de programación. La pregunta de fondo a la que nos invita esta reflexión apunta a qué nuevos conocimientos y habilidades se exigirán en la formación y en el mercado laboral con la integración de estas nuevas tecnologías en el derecho. Por cierto, la respuesta implica observar con atención cómo se están construyendo los puentes entre ambos mundos.

Históricamente, el trabajo del abogado y el del ingeniero de software ha sido radicalmente distinto, aunque ambos pasen el día sentados frente a un computador. Los abogados vivían en Word; los ingenieros, en entornos de desarrollo picando código línea por línea. Sin embargo, en el último año, sus caminos se han aproximado de forma acelerada. Hoy, los programadores migran hacia herramientas de inteligencia artificial para generar código directamente, mientras que los abogados ya no pasan horas tipeando manualmente, sino que utilizan asistentes de IA para modificar, revisar y generar documentos. Existe una convergencia práctica innegable en la forma en que ambas profesiones producen su trabajo. Ambos mundos se han encontrado en una misma interfaz.
Esta evolución plantea un debate profundo sobre la formación. Una reciente columna de opinión sugería que para ser ingeniero legal en Chile se requería título de abogado y tres años de ejercicio; una visión muy distinta a la europea. En mi opinión, a este rol se llega por dos puertas: programadores que aprenden derecho y abogados que se atreven a construir sus propias herramientas. Ya somos muchos haciéndolo sin usar el nombre.
En este cruce, están quienes afirman tajantemente que el profesional híbrido «no necesita programar». Pero en la era de la IA, el concepto de «programar» ha cambiado. En la actualidad, ni siquiera los ingenieros de software pasan el día escribiendo código puro; sino que están dedicados a entender los marcos, validar la arquitectura y garantizar que lo que genera la IA sea seguro. Por lo tanto, el objetivo para un abogado no es aprender la sintaxis de Python, sino dominar los fundamentos de la lógica informática. Si un ingeniero debe leer la Introducción al Derecho de Squella para profundizar en la jerarquía de las normas, ¿será acaso necesario que el abogado del futuro estudie una introducción a la programación para comprender cómo piensa una máquina?
Estamos viviendo un momento líquido. La tecnología avanza mes a mes y es imposible prever qué herramientas exactas usarán los estudiantes actuales cuando egresen. Por eso, la formación no debe centrarse en el software o asistentes de IA de moda, sino en fundamentos cognitivos y abstractos que permanecerán estables a través de las iteraciones tecnológicas: entender qué es capaz de hacer un computador, cómo diseñar procesos y cómo estructurar la información de textos y números. Los documentos siempre necesitarán ser modificados, extraídos y comprendidos; la herramienta para hacerlo es lo que cambiará.
El abogado del futuro debe tener las nociones suficientes para saber qué necesita, cuándo una solución es segura y cuándo debe levantar el teléfono para llamar a un ingeniero externo. Pero, sobre todo, debe ser capaz de tomar las herramientas existentes y modificar sus flujos para adaptarlos a las necesidades específicas de sus clientes y de sus casos.
Esta convergencia ya está provocando cambios drásticos en las herramientas de trabajo. En nuestro ecosistema, muchos programadores ya han dejado de pagar por las licencias de los entornos de desarrollo tradicionales que los acompañaron por años; hoy, prefieren interfaces optimizadas para la IA. La gran interrogante que queda flotando en el ambiente es si algún día los abogados serán capaces de soltar el querido Word. La resistencia cultural es enorme, pero a medida que las plataformas de IA demuestren que redactar, indexar y corregir un escrito toma minutos en lugar de horas, la transición será inevitable. El procesador de textos, tal como lo conocemos, tiene los días contados.
La necesidad de perfiles capaces de operar en este espacio intermedio es apremiante. El sector jurídico exige certezas tecnológicas y profesionales que traduzcan dolores jurídicos a estructuras lógicas. Que distintas universidades estén abriendo programas prácticos de formación en IA para el sector legal y Legal Design demuestra que el mercado chileno está madurando. Se está abriendo una franja común entre el derecho y la informática que no para de ensancharse. Es el momento exacto para sentarnos en la misma mesa y construir juntos la práctica legal del futuro.
*Por Eduardo Ramírez, fundador de Trifolia




