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Muerte en la cárcel de San Miguel: la inhumanidad, una realidad por superar en Chile

"Necesitamos desactivar el mecanismo. Dejar la mecanicidad  y razonar. Develar el oprobio del encarcelamiento. Desafiar nuestros miedos y trabajar para superar el estado de guerra instalado. Necesitamos que la pena de cárcel deje de ser el castigo por preeminencia. Debemos re significar la dignidad y re pensar la pena privativa de libertad dentro de los parámetros que nos impone el Estado democrático de derechos".

Por Luis A. Vergara Cisterna *

Incomprensiblemente una buena parte de la sociedad ha naturalizado la muerte en las cárceles chilenas. La asimilan como algo cotidiano, consustancial a la privación de libertad. Como un riesgo inherente que deben asumir las personas presas. Imbuidos en una falsa superioridad moral intentan discursivamente diferenciarse de ellas. Las consideran sus enemigas y justifican un sistema de lucha a objeto de que sean vencidas, anuladas, incluso para algunos, aniquiladas. Muchos de estos discursos son expresados impúdicamente por personas que ostentan cargos de representación popular. Se manifiestan indiferentes frente al dolor y el sufrimiento. Insensibles ante la inhumanidad. 

Mylene murió en la cárcel de San Miguel el sábado 29 de enero de 2022. Afectada por una peritonitis falleció exigiendo su derecho a ser atendida médicamente. Muchos nos sentimos acongojados y condenamos el atropello a sus derechos. Otros en cambio rechazan esta idea, como lo hace en redes sociales el diputado electo del Partido de la Gente, Gaspar Rivas, quién cataloga de “lacras” a los privados de libertad. 

Luis A. Vergara Cisterna

Cómo pudimos llegar a este punto. Cómo es posible que discursos como este tengan un espacio en la comunidad. La única explicación posible es que el sufrimiento y el dolor inhumano de la cárcel irradió nuestro cuerpo social. Se transfirió hacia al inconsciente colectivo, mediante un proceso irreflexivo de comunicación e inculcó en los individuos su existencia. Se naturalizó la inhumanidad de la cárcel. Se normalizó una forma de encierro rudo y violento, donde el Estado está casi desbordado. 

La comunidad ha sido inoculada con la estrategia histórica  de un sector del conservadurismo, que propicia el merecimiento del castigo moral. El ciudadano se ha hecho inmune a la sorpresa de la constante indignidad intracarcelaria, ha sido vacunado contra la indignación y se mantiene ajeno, justificando la producción de sus prácticas implementadas por los inescrupulosos que alientan la guerra contra el prójimo. Luchar para excluir será siempre más fácil que integrar. Usar la cárcel contra los desposeídos es menos engorroso que impulsar políticas sociales para equiparar las condiciones. 

Necesitamos desactivar el mecanismo. Dejar la mecanicidad  y razonar. Develar el oprobio del encarcelamiento. Desafiar nuestros miedos y trabajar para superar el estado de guerra instalado. Necesitamos que la pena de cárcel deje de ser el castigo por preeminencia. Debemos re significar la dignidad y re pensar la pena privativa de libertad dentro de los parámetros que nos impone el Estado democrático de derechos. 

Quien afirme que la cárcel es la forma más civilizada para ejecutar el castigo penal y que a través de ella superamos el estado de barbarie, pertenece al pueblo que, conforme Hans Christian Andersen, en su cuento de 1837, alababa los vestidos nuevos del emperador, aún sin siquiera verlos. Solo alentados por el temor a ser considerados incapaces. Admiten lo que no ven y de paso se impiden mutuamente el acceso a la verdad. Es tiempo de fortalecer al niño que llevamos dentro y gritar a todo pulmón que en materia de cárcel el emperador va desnudo.

Luis A. Vergara Cisterna es Abogado, Doctorando en Derecho por la Universidad Central de Chile.

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