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Stablecoins, mujeres y la segunda brecha: cuando la inclusión deja de ser acceso y pasa a ser diseño

Por Valentina Novoa*

Durante años, la inclusión financiera se entendió como una cuestión de acceso. Hoy, esa idea empieza a quedarse corta. El problema ya no es solo quién entra al sistema, sino cómo ese sistema está diseñado para funcionar. En ese contexto, las stablecoins no solo amplían el acceso: también dejan en evidencia una tensión incómoda. Sin cambios en la arquitectura financiera, la tecnología no elimina la exclusión; la optimiza.

De la inclusión al problema de diseño

Durante años, tanto la política pública como la industria financiera han concentrado importantes esfuerzos en bancarizar a segmentos históricamente excluidos del sistema, y en buena medida lo han logrado. Sin embargo, ese acceso no se ha traducido necesariamente en mayor acumulación de patrimonio ni en mejores oportunidades económicas. Es como haber entregado una llave que no logra abrir completamente la puerta. Falta una llave maestra.

Valentina Novoa Hales

En una columna anterior sostuve que el principal problema de la inclusión financiera femenina en Chile ya no es el acceso, sino lo que ocurre después. Hoy, esa constatación exige dar un paso más incómodo: incluso cuando el sistema logra incluir, existe una importante potencialidad de falla. Y no se trata de falta de cobertura, sino de algo más profundo: deficiencias en el diseño del sistema.

Esto no sólo limita la participación femenina en las finanzas, sino que —como se verá— la propia estructura del ecosistema puede generar ineficiencias que van mucho más allá de la inclusión. Así, la brecha no desaparece; se transforma.

Un sistema construido para otra realidad

Existe consenso en que el sistema financiero tradicional funciona bien cuando sus usuarios tienen ingresos estables, historial crediticio y activos a su nombre. También sabemos que muchas mujeres no encajan en ese perfil. Sus ingresos pueden ser variables, interrumpidos o informales; muchas veces no tienen propiedades registradas a su nombre y, además, enfrentan mayores responsabilidades de cuidado que afectan su participación económica.

Esta caracterización no es trivial. En la práctica, las mujeres enfrentan un sistema que les exige acreditar una estabilidad que no refleja su realidad. Es como evaluar la capacidad de alguien para manejar, sin haberle dado nunca acceso a un auto.

Por eso, aunque logran entrar al sistema financiero, no siempre pueden usarlo en igualdad de condiciones. El acceso, por sí solo, no basta. Para que exista inclusión financiera real, el sistema debe permitir un uso efectivo y ofrecer servicios de calidad que actúen como motor de movilidad social. Es decir, debe entregar una oportunidad concreta de mejorar la realidad económica de sus usuarias. Y es precisamente en el uso efectivo y en la calidad de los servicios donde la brecha persiste.

Stablecoins: ¿qué son y por qué importan?

En este contexto aparecen las stablecoins, que pueden sonar complejas, pero en esencia son bastante simples: versiones digitales de dinero —generalmente vinculadas al dólar— que se pueden transferir directamente entre personas, sin necesidad de un banco.

Una forma simple de entenderlas es compararlas con enviar un mensaje por WhatsApp. Hoy, transferir dinero internacionalmente puede parecerse más a enviar una carta certificada: caro, lento y con múltiples intermediarios. Las stablecoins, en cambio, funcionan como un mensaje instantáneo: directo, rápido y sin tantas capas en el camino. Esto introduce un cambio clave: ya no necesitas una cuenta bancaria para recibir dinero, sino solo un celular y una billetera digital.

El problema invisible: no es el tipo de cambio, es la arquitectura de liquidez

Para entender por qué esto es relevante, conviene mirar cómo funciona hoy el sistema desde dentro. Imaginemos una fintech que opera en varios países de América Latina. Para poder pagar o recibir dinero en cada mercado, necesita mantener cuentas con fondos en cada jurisdicción: México, Colombia, Chile, entre otras.

Ese dinero queda distribuido entre distintas cuentas, cada una sujeta a sus propios tiempos, reglas y necesidades operativas. Aunque está disponible, no siempre puede usarse de forma inmediata o eficiente en otro mercado. Es una liquidez que existe, pero que requiere coordinación para activarse.

Las stablecoins introducen un nuevo paradigma al permitir concentrar estos recursos en un solo “pool digital” y utilizarlos cuando se necesiten, convirtiéndolos en moneda local en el momento exacto de la transacción. Esto no sólo reduce costos, sino que revela otra grieta del sistema financiero actual: además de persistir brechas de inclusión, el sistema mantiene la liquidez distribuida de forma ineficiente.

Y esa ineficiencia no es solo técnica. Para quienes dependen de estos flujos, esto se traduce en incertidumbre. Saber cuándo llegará el dinero, cuánto llegará y si estará disponible de inmediato no es un detalle. Para economías domésticas que operan con márgenes estrechos, esa previsibilidad puede ser tan importante como el monto mismo.

Pero esa incertidumbre no afecta a todos por igual. En un contexto donde muchas mujeres operan con ingresos variables, menor acceso a ahorro formal y mayores responsabilidades de cuidado, los desfases de liquidez dejan de ser una fricción operativa y se convierten en una barrera real. No contar con el dinero en el momento oportuno puede implicar postergar pagos esenciales, asumir costos adicionales o depender de redes informales. Así, la dispersión ineficiente de la liquidez encarece el sistema y limita su uso efectivo precisamente en aquellos segmentos donde la inclusión es más frágil.

En otras palabras, la arquitectura del sistema financiero no es neutra. Incluso cuando logra incluir, puede hacerlo de forma incompleta: permite el acceso, pero no garantiza el uso en condiciones que habiliten autonomía económica. Y es en ese espacio —entre estar dentro del sistema y poder usarlo efectivamente— donde la brecha de género se reconfigura.

Este punto es clave para entender el siguiente desafío. Porque si bien tecnologías como las stablecoins pueden resolver parte de estas fricciones estructurales —al hacer la liquidez más disponible y predecible—, eso no asegura por sí solo su adopción. La pregunta ya no es solo quién puede acceder, sino quién puede usar estas herramientas con confianza, comprensión y sentido práctico en su vida cotidiana.

La nueva brecha: del acceso digital a la adopción financiera

Si bien el uso de stablecoins avanza significativamente en términos de inclusión —al reducir barreras de acceso y simplificar la transferencia de valor—, no está exento de otros desafíos.

En contextos como América Latina, donde la penetración digital ha crecido de forma importante, persiste —aunque en menor medida— una brecha de acceso a tecnología. Sin embargo, el problema más profundo se desplaza hacia la adopción: la confianza en instrumentos financieros digitales y los niveles de alfabetización financiera necesarios para utilizarlos de forma efectiva.

En la práctica, la posibilidad de operar con una billetera digital no garantiza que las personas comprendan sus riesgos, beneficios o formas de uso. Para muchas mujeres, especialmente aquellas con menor exposición previa al sistema financiero, el desafío no es solo acceder a estas herramientas, sino incorporarlas en su vida cotidiana con seguridad y confianza. Por eso, más que una brecha puramente tecnológica, lo que emerge es una brecha de adopción. Y en ese tránsito, la exclusión no desaparece: cambia de forma.

Diseñar para adoptar: de la infraestructura al uso efectivo

Entonces el desafío paa a ser cómo se diseñan las experiencias sobre la infraestructura digital. En el caso de las stablecoins y los servicios financieros digitales, una billetera digital que replica la lógica de un sistema financiero complejo, con conceptos técnicos, riesgos poco claros o procesos poco intuitivos, difícilmente será incorporada por quienes han estado históricamente excluidas.

El diseño, por tanto, juega un rol central. La adopción mejora cuando las interfaces simplifican la experiencia y traducen la complejidad técnica a un lenguaje cotidiano; cuando existen mecanismos de protección visibles que reducen la percepción de riesgo; cuando las experiencias son guiadas y permiten aprender haciendo; y cuando los productos se anclan en casos de uso reales, como remesas, ahorro con objetivos concretos o pagos cotidianos.

En otras palabras, no se trata de adaptar a las personas a la tecnología, sino de adaptar la tecnología a la forma en que las personas realmente gestionan su dinero.

El rol institucional: habilitar confianza, no solo acceso

Pero incluso el mejor diseño enfrenta un límite si no existe un entorno que facilite su adopción. En este contexto, el rol de las instituciones —particularmente reguladores y sector público— es menos evidente, pero más crítico. No se trata solo de permitir la innovación, sino de generar condiciones de confianza y comprensión que hagan posible su uso en la práctica.

Esto implica avanzar en distintas dimensiones de manera coordinada, a saber, marcos regulatorios claros y proporcionales que reduzcan la incertidumbre; espacios controlados de experimentación, como sandbox regulatorios, que permitan validar modelos sin trasladar riesgos excesivos a los usuarios; campañas de educación financiera y digital con enfoque de género que expliquen usos concretos; y alianzas público-privadas que acerquen estos productos a canales ya conocidos y confiables para las mujeres.

El punto de fondo es que la adopción no ocurre por disponibilidad, sino por confianza. Y la confianza, en sistemas financieros, rara vez se construye de manera espontánea.

El potencial de la inclusión: de la promesa a la adopción

Las stablecoins han abierto un camino relevante hacia una inclusión financiera más efectiva, al reducir barreras de acceso y ampliar las formas de participar en la economía. Su potencial es especialmente significativo para segmentos de la población femenina históricamente desatendidos por el sistema financiero tradicional.

Pero ese potencial no es automático. Dependerá de nuestra capacidad para traducir esta infraestructura en experiencias comprensibles, confiables y útiles en la vida cotidiana. Si logramos avanzar en ese proceso de adopción, la tecnología no solo cambiará cómo se mueve el dinero, sino también quiénes pueden realmente participar en la economía.

La promesa de las stablecoins no está solo en cómo mueven el dinero, sino en a quiénes permiten moverlo con autonomía. Pero esa promesa no se cumple por defecto. Requiere decisiones de diseño, regulación y experiencia que hagan de esta infraestructura algo comprensible, confiable y útil en la vida cotidiana.


*Valentina Novoa Hales es abogada (LL.M., MBA cand.) especializada en regulación económica, fintech y economía digital. Con más de diez años de experiencia en mercados tecnológicos y financieros, se enfoca en el análisis de los desafíos regulatorios que plantea la transformación digital. Actualmente cursa un MBA en OBS Business School – Universitat de Barcelona.

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