Columnas
¿El fin justifica la IA? El «paracetamol» tecnológico del abogado agobiado.
*Por María Macarena Videla C.
En los últimos meses ha empezado a pasar algo que debería encendernos las alarmas: el notorio aumento de las sanciones en tribunales por el uso negligente de la Inteligencia Artificial en los escritos jurídicos. Ya no hablamos del chiste de los primeros meses sobre si la IA iba a reemplazarnos; hablamos de demandas reales con citas de leyes inventadas, argumentos contradictorios pegados textualmente y una preocupante falta de control de calidad.
Ya no es un secreto que la IA, que llegó prometiendo ser la mina de oro de la eficiencia, se está usando de forma indiscriminada. Pero quedarnos en la crítica fácil de «el abogado que hace eso es un flojo» o “poco ético” es quedarnos un poco en la superficie. Detrás de este abuso tecnológico hay un problema mucho más grave y del que pocos se atreven a hablar de frente: la tremenda crisis de salud mental, el burnout y la falta absoluta de un método de trabajo en nuestro gremio.
A mí me llama profundamente la atención lo mucho que se parecen las palabras «abogado» y «agobiado» (que lamentablemente, pareciera que no es una coincidencia azarosa). El desgaste profesional en el mundo del Derecho es una realidad brutal. Vivimos corriendo detrás de los plazos, respondiendo correos a medianoche y midiendo nuestro valor en horas facturables. En medio de esa asfixia constante, la IA no apareció como una herramienta planificada de innovación; apareció como un salvavidas de emergencia para no ahogarnos.
No me malentiendan: la IA generativa es una herramienta espectacular. Sería absurdo negar que es capaz de armar un borrador, resumir fallos gigantescos o cruzar datos en un par de minutos, cuando antes nos tomaba días enteros de biblioteca y café. El problema es que olvidamos que esa inteligencia está alimentada por textos escritos por humanos. Y como somos humanos, somos propensos al error. Por ende, la IA también se equivoca.
Cuando un abogado, tapado de trabajo y con el reloj en contra, confía ciegamente en lo que le arroja la pantalla sin revisar una sola línea, está jugando con un arma de doble filo, y es cosa de tiempo que sea descubierto (y expuesto, como ha pasado en algunas ocasiones). Es exactamente igual a un cuchillo de carnicero: una herramienta brillante para cortar rápido, pero peligrosísima si no sabes usarla o si la manejas con los ojos cerrados.
Debido a todo el revuelo actual, no voy a ser yo quien tire la primera piedra. Yo misma uso muchísimo la IA en mi día a día y me encanta. El punto es que es solo cosa de tiempo para que sigan saltando errores graves a la luz. Alucinaciones de la máquina que se le escapan a los ojos de un abogado que está agotado y que no tiene un filtro, una logística o un protocolo definido en su oficina. Cuando estás al límite de tus fuerzas, tu capacidad crítica baja a cero, y ahí es donde se cometen los errores que terminan costando la reputación y la confianza del cliente.
Aquí es donde creo que urge hacer una pausa e introspección. Más allá de si es ético o no usar tecnología, hablemos del origen: ¿Por qué estamos usando la IA de forma tan desesperada? ¿Qué nos empuja a querer ser «más eficientes» a cualquier costo? Sinceramente, creo que es porque como gremio nunca nos hemos sentado a pensar en la logística interna de nuestro trabajo. Seguimos arrastrando formas de trabajar del siglo pasado y pretendemos solucionarlas metiendo tecnología a la fuerza.
Para que una nueva herramienta realmente te ayude, en lugar de ser un disparo en los pies, necesitas un método previo. Automatizar el desorden solo produce un desorden automatizado que viaja más rápido. Usar la IA al azar, solo para rascarle diez minutos al reloj y poder abarcar más volumen (y facturar más), nos está haciendo perder la estrategia jurídica. Estamos cambiando la calidad y la seriedad de nuestro servicio por cantidad. Y ese descuido, a la larga, es lo más caro del mercado.
La IA por sí sola no va a solucionar nuestros problemas de gestión del tiempo. Seamos francos: hoy la tecnología está operando como un paracetamol para el abogado agobiado. Nos quita el dolor de cabeza del plazo que vence en una hora y nos baja la «fiebre» de la bandeja de entrada colapsada, pero deja la enfermedad de fondo exactamente igual. Al día siguiente, el agobio vuelve.
La verdadera solución no está en comprar el software de moda o esperar que salga una versión mágica de ChatGPT. Está en hacer nuestros procesos más ágiles organizando de forma inteligente nuestro propio conocimiento y expertise. Se trata de usar las herramientas con un propósito claro: automatizar lo mecánico para liberar nuestro cerebro y usarlo en lo que realmente importa, que es pensar la estrategia del caso. Diseñar apropiadamente nuestra operación, ergo, nuestro servicio. No estudiamos cinco años y pagamos un título para pasar el día rellenando planillas de Excel o redactando textos automáticos y vacíos de análisis real. El cliente nos busca por nuestro criterio, no por nuestra velocidad para copiar y pegar.
La adopción responsable de la tecnología nos exige parar la máquina un momento. Antes de integrar cualquier herramienta, los estudios jurídicos, abogados independientes, incluso los abogados inhouse, tenemos que mirar hacia adentro. Necesitamos ver qué sirve realmente en el negocio, qué necesita de verdad el cliente para recibir una asesoría seria, y finalmente —y quizás lo más importante— qué necesita nuestra propia vida fuera de la oficina para no terminar quemados. Solo cuando la tecnología se use con método y sentido común, dejará de ser un analgésico de emergencia y se convertirá en la herramienta que nos permita ejercer un Derecho más eficiente, más serio y, sobre todo, más humano.
*María Macarena Videla C.
CEO Lux Aurea Legal Consulting
President- Women Innovation Legal Lab.




