Columnas
Inteligencia Artificial y el ejercicio profesional (Parte 3): ¿Estamos preparando abogados para el nuevo mundo que se aproxima?
Por Fernando Fernández y Carlos Reusser
En Chile —y probablemente en buena parte del planeta— pareciera que seguimos formando abogados como si la Cuarta Revolución Industrial fuese un rumor lejano, más propio de conferencias futuristas que de la vida real.

Como consecuencia, en muchas de nuestras Facultades de Derecho los modelos pedagógicos siguen detenidos en los años noventa, y no pocos estudios jurídicos continúan operando exactamente como hace treinta años, incluyendo esa noble tradición de facturar por horas.
La pregunta es incómoda —por las consecuencias y responsabilidades que trae consigo—, pero inevitable: ¿estamos preparando a los nuevos profesionales para un mercado que ya no existe?
El desfase entre formación y realidad
La inteligencia artificial (IA) está transformando lenta pero inexorablemente la práctica del Derecho. Sin ir más lejos, hoy las revisiones documentales, la redacción de borradores y la búsqueda de jurisprudencia pueden realizarse en segundos gracias a modelos de lenguaje avanzados.
Y, sin embargo, los planes de estudio en muchas Facultades siguen priorizando el mismo método de siempre: largas lecturas, análisis que oscilan entre lo dogmático y lo exegético, junto con exámenes extensos que, en conjunto, poco dicen de la realidad tecnológica en que deberán desenvolverse los futuros profesionales y de las habilidades que les exigirá el mercado laboral.
El resultado es, para decirlo con franqueza, bastante cruel. Jóvenes egresados —llenos de entusiasmo y de sólidos (y frescos) conocimientos teóricos— requieren ser “reformateados” por sus empleadores para adquirir competencias básicas en un entorno donde la IA no es novedad, sino herramienta diaria.

Entonces, ¿qué deberíamos enseñar?
El dilema no se resuelve añadiendo un par de asignaturas sobre tecnología ni poniendo a los estudiantes a programar de la noche a la mañana. Exige repensar el perfil de abogado que el país necesita, lo que, para las universidades, constituye una auténtica decisión política fundamental.
Las Facultades deberían preguntarse —y, ojalá, responderse— cuestiones como:
- ¿Queremos formar abogados altamente técnicos o profesionales híbridos capaces de articular distintas disciplinas?
- ¿Conviene volver a lo esencial —enseñar solo Derecho— o el futuro exige integrar economía, gestión, ética y tecnología?
- ¿Cómo preparamos a estudiantes que deberán convivir con sistemas capaces de generar documentos en segundos, y escritos con mejor estilo que ellos?
No es un debate menor ni debería postergarse. La ausencia de esa conversación estratégica en buena parte del sistema universitario es, cuando menos, preocupante.
Estudios jurídicos: modelos de negocio bajo asedio
Los estudios jurídicos también tienen lo suyo. Muchos siguen aferrados a la lógica de sumar profesionales y facturar más horas. Pero cuando una IA puede automatizar tareas en segundos, surgen preguntas elementales: ¿qué sentido tiene seguir cobrando por tiempo?, ¿qué cliente pagará por algo que sabe que hizo una máquina?, y ¿para qué contratar un estudio si puede resolver muchos asuntos por sí mismo con las mismas herramientas?
El desafío, por tanto, ya no es tecnológico, sino cultural y estratégico. Las firmas deben repensar su propuesta de valor: priorizar eficiencia, especialización e integración tecnológica. Quien no lo haga corre el riesgo de transformarse en la próxima Kodak o Blockbuster del mundo jurídico: instituciones respetables, pero sorprendidas por un futuro que se anunció a gritos.
La duda no es si los clientes aceptarán un nuevo modelo; la duda es cuándo dejarán de tolerar pagar por horas y migrarán hacia nuevas formas de servicio.
Gestión del cambio: el mayor obstáculo
Curiosamente, la resistencia no proviene de la tecnología —que ya está madura y disponible— sino de la gestión del cambio. Una industria tradicionalmente conservadora debe revisar procesos, incentivos y enfoques que fueron cómodos y rentables durante décadas.
Se entiende la resistencia: nadie abandona un modelo de negocio exitoso sin cierta nostalgia. Pero la historia de la disrupción tecnológica es insistente en su moraleja: quienes esperan demasiado pierden algo más que tiempo; pierden relevancia.
Un ocaso y un amanecer
La abogacía no desaparecerá, pero sí desaparecerán ciertas formas de ejercerla. Las Facultades que no adapten sus programas formarán profesionales para un mundo que ya no existe. Y los estudios que no revisen su modelo de negocio quedarán atrás frente a competidores más ágiles, más especializados y mejor integrados tecnológicamente.
Estamos ante un punto de inflexión. Podemos reformar seriamente la manera en que enseñamos y ejercemos, o seguir preparando abogados para un mercado extinto, enseñándoles a realizar tareas que —no nos engañemos— una máquina hará mejor, más rápido y por una fracción del costo.
Y ningún cliente pagará por nostalgia.
Por eso, la pregunta ya no es si debemos cambiar, sino quiénes se atreverán a hacerlo antes de que la realidad imponga la respuesta por sí sola.




