Editorial

El abogado y la verdad

"Porque si un juicio consiste en la representación actoral de la tesis por cuyo sostén el cliente simplemente paga, intuimos que un buen electivo en la Facultad de Teatro puede resultar más atractivo..."

Hay un viejo chiste en el que un amigo le pregunta a otro si conoce cuál es la manera infalible de saber si tu abogado te está mintiendo cuando te habla. Intrigado, el aludido señala que no lo sabe. Le responde: “Muy fácil: mueve los labios”.

Por alguna razón, y habría que indagar cuál es ella, los chistes de esta clase sobreabundan y la fama de los abogados de ser mentirosos es una especie de verdad instalada en la sociedad. Esta pésima reputación social de los abogados ha merecido una muy escasa reflexión entre académicos y juristas y, cuando mucho, ha sido objeto de abierta mofa en películas como “Mentiroso, mentiroso”, en que Jim Carrey personifica a un abogado que por un día debe decir la verdad merced a un hechizo, lo que le acarrea un sensible descenso en su rendimiento profesional.

No es de extrañar que no se reflexione demasiado, ni muy en serio, sobre un tópico que, por lo mismo que es incómodo y tiene algo de tabú, es mejor entregar al humor negro.

¿Nos sentimos cómodos con esta visión que la sociedad tiene de nosotros? Imagino que no. Pero lo más grave: ¿es injusta esa visión?

¿Los abogados somos efectivamente “auxiliares de la administración de justicia” que, como dice el pomposo título, auxiliamos en esa labor al Estado? O, más bien, ¿estamos, desde una vereda y la otra del conflicto, dispuestos a sostener a como dé lugar la tesis del cliente que nos paga?

Porque si un juicio consiste en la representación actoral de la tesis por cuyo sostén el cliente simplemente paga, intuimos que un buen electivo en la Facultad de Teatro puede resultar más atractivo para el abogado o abogada que entender filosofía del Derecho o indagar en la ética jurídica.

El problema no es solo la falta de ética de un abogado en particular, que la hay, y mucha, sino un sistema en el que litigar con honestidad no recibe ningún reconocimiento ni estímulo especial, a diferencia del evidente incentivo económico de hacer triunfar la tesis del cliente, sea ella justa o no, verdadera o no, razonable o no.

Buenos ejemplos pueden verse en la película “En el nombre del padre”, de Jim Sheridan; o en la serie “The staircase”, que puede ver en Netflix; o, en lo más criollo, en las pruebas implantadas de la operación Huracán.

Tal vez sea hora de que enfrentemos nuestros demonios, de que veamos cuánta culpa como individuos y como sistema tenemos en que nuestras palabras carezcan de credibilidad; tal vez sea el momento de que reflexionemos y hagamos algo al respecto. Eso, si nos interesa la verdad y ser creíbles, claro.

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