Columnas

Del artículo de la ley a la calidad de las decisiones

Por Tamara Agnic*[1]

Durante demasiado tiempo, en muchas organizaciones el compliance fue tratado como un ejercicio de supervivencia regulatoria: cumplir, documentar, reportar, capacitar, dejar evidencia. Un enfoque comprensible, pero insuficiente.

Porque una empresa puede cumplir y, aun así, gobernarse mal.

Puede tener códigos de ética, matrices de riesgo, canales de denuncia, comités y procedimientos impecables, y al mismo tiempo carecer de algo mucho más importante: criterio, coherencia y capacidad de anticipación. Puede lucir ordenada en el papel y, sin embargo, ser frágil en la práctica.

Ese es, probablemente, uno de los problemas más relevantes en la discusión actual sobre gobierno corporativo: seguimos confundiendo estructura con gobernanza.

La existencia de un directorio no garantiza buena supervisión. La existencia de políticas no asegura mejores decisiones. La existencia de controles no demuestra que los riesgos realmente se entienden ni que las alertas relevantes se levantan a tiempo.

La gobernanza de verdad no se mide por lo que la organización exhibe, sino por cómo decide. Por la calidad de las preguntas que se hace. Por la información que considera relevante. Por la forma en que distribuye responsabilidades. Por su capacidad para corregir antes de que el problema escale. Y, sobre todo, por la coherencia entre lo que declara y lo que tolera.

Tamara Agnic

Ahí aparece un punto incómodo: la cultura.

Porque toda organización tiene una gobernanza formal y una gobernanza real. La formal está en sus estatutos, reglamentos, políticas y manuales. La real está en aquello que efectivamente se premia, se posterga, se corrige o se decide no mirar.

Y cuando ambas se distancian, el riesgo no siempre se ve de inmediato. A veces pasa mucho tiempo antes de que se note. Pero cuando se nota, suele ser tarde: una crisis reputacional, una falla de control, una decisión mal evaluada, una señal ignorada, un costo económico o institucional que pudo haberse evitado.

Por eso, seguir entendiendo el compliance como una conversación separada del negocio es un error. El compliance que solo sirve para cumplir podrá reducir exposición regulatoria, pero difícilmente ayudará a construir una organización más sólida. El desafío hoy es otro: que el compliance dialogue con la estrategia, con la operación, con la cultura y con la sostenibilidad.

Cuando eso ocurre, deja de ser una carga periférica y empieza a transformarse en una capacidad organizacional. Una capacidad para decidir mejor. Para anticipar. Para sostener confianza. Para evitar que la estrategia avance sobre bases débiles.

Ahí es donde la gobernanza empieza realmente a crear valor.

No valor entendido solo como resultado financiero de corto plazo, sino como algo mucho más decisivo: legitimidad, resiliencia, confianza y sostenibilidad. En tiempos de alta exposición pública, exigencia regulatoria creciente y entornos cada vez más complejos, eso no es accesorio. Es parte del corazón del negocio.

Esta discusión se vuelve todavía más evidente en materia ESG. Se ha hablado mucho del componente ambiental y social, pero con frecuencia se subestima el rol de la gobernanza. Y sin embargo, es la gobernanza la que permite que los compromisos no queden en el discurso. Es la que prioriza, asigna responsabilidades, supervisa, corrige y da continuidad. Sin G, ESG corre el riesgo de convertirse en una narrativa atractiva, pero poco gobernable.

En el fondo, la pregunta relevante no es si una organización tiene compliance. La pregunta es si su forma de gobernarse le permite actuar con criterio, sostener su estrategia y cuidar la confianza incluso en contextos difíciles.

Porque la prueba de un sistema nunca está en el manual. Está en la decisión compleja. En la tensión entre resultados y principios. En la capacidad de decir que no. En la disposición a escuchar alertas incómodas. En la posibilidad de mirar los propios puntos ciegos.

La gobernanza no crea valor por controlar más. Lo crea cuando permite decidir mejor. Y ese, quizás, es uno de los desafíos empresariales más importantes de nuestro tiempo.


[1] Ingeniera Comercial – Directora de Empresas

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