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Nuevas reglas, mismas organizaciones y un partido que ya no es el mismo — lecciones que deja el Mundial 2026 a tu programa de Compliance

El fútbol siempre toleró una trampa silenciosa. No era falta. No era antirreglamentaria. Era simplemente parte del juego: el cambio táctico como herramienta para ganar tiempo en los minutos finales, enfriar el partido y recomponer el equipo cuando el marcador aprieta. Una caminata lenta hacia la banda, un abrazo prolongado con el que entra, dos palabras al asistente técnico, un vistazo innecesario al banco. Treinta segundos robados al rival en el momento más crítico del partido . La única compensación eran un par de minutos — muchas veces, — mal calculados al final del partido Los DT lo sabían. Los jugadores lo ejecutaban. El mundo entero lo veía. Y el reglamento lo permitía. Para el Mundial 2026, esa trampa tiene un precio que nadie puede controlar una vez que se activa. Diez segundos para salir al cambio — ni uno más. Si el jugador que sale no abandona el campo a tiempo, el sustituto espera afuera y el equipo juega con diez durante un minuto entero. Lo que era una maniobra táctica inofensiva se convierte ahora en el error que puede costarte el partido. Sin apelación. Sin negociación. Sin árbitro que decida — la consecuencia se activa sola. El mundo corporativo está exactamente en el mismo momento.

Por Andrés Cuevas Cárdenas*

Fui árbitro de amateur hace varios años. Canchas con hoyos, líneas pintadas con cal que el viento borraba antes del segundo tiempo, partidos de veteranos y amateur, donde la gambeta ya no alcanza pero las ganas sobran. Mi único apoyo eran dos asistentes igual de perdido que yo — dos tipos con banderín y silbato tratando de convencer a veintidós jugadores de que había una autoridad en la cancha. Hasta el día de hoy mis amigos me preguntan de dónde salió esa locura. Acá está la respuesta: siempre quise estar en el césped de un Mundial, y la única forma que encontré de llegar ahí era con silbato. No se dio. Pero lo que sí quedó fue una de las experiencias más formativas de mi vida — no sólo en lo futbolístico, sino en lo humano. Aprendí a tomar decisiones rápido, con información incompleta, bajo presión, y a sostenerlas frente a quienes no estaban de acuerdo. Hoy ya no pito. Pero sigo leyendo el reglamento.

Andrés Cuevas Cardenas

Y cada vez que lo hago, encuentro cosas que me hablan directamente desde el compliance corporativo. Esta vez, más que nunca.

Para el Mundial 2026, la IFAB — el organismo que gobierna las reglas del fútbol — aprobó cinco cambios que me generaron, al mismo tiempo, dos reacciones distintas. Como ex árbitro: alivio. Como profesional de compliance: reconocimiento inmediato. Estas reglas no son solo fútbol. Son una clase magistral sobre cómo diseñar consecuencias que funcionan sin que nadie tenga que decidirlas en el momento.

Lo que el buen árbitro sabe que los demás no ven

Hay una norma en el reglamento que nunca aparece en los titulares pero que, para cualquier árbitro, es la más exigente de aplicar: la ley de la ventaja. Esa que dice que cuando hay una falta, el árbitro puede dejar seguir el juego si el equipo que la sufrió tiene una situación favorable.

Levantas el brazo, gritas «ventaja», y dejas correr. El partido sigue. A veces termina en gol. Eso es lo que el reglamento protege — no la falta en sí, sino la oportunidad de jugar.

Lo digo con conocimiento de causa: en mis años en las canchas  amateur, los partidos que mejor salieron no fueron los que más tarjetas repartí. Fueron aquellos donde el juego fluyó, donde las decisiones se tomaron rápido y bien, y donde los jugadores sintieron que el árbitro estaba para que el partido fuera posible, no para interrumpirlo.

El objetivo del fútbol no es evitar las faltas. Es que haya goles. El objetivo del compliance no es el control por el control — es correr con el negocio, acompañar cada decisión, medir cada riesgo, y ser la voz que dice cuándo la jugada vale y cuándo no. El compliance que solo sanciona es el árbitro que para el partido a cada rato. Puede que tenga razón en cada decisión individual — pero si el partido no fluye, si los procesos se detienen en cada revisión, algo está mal no con los jugadores, sino con cómo se está arbitrando.

Un sistema, no un árbitro solo

Antes de entrar a las reglas, vale la pena detenerse en la arquitectura del juego. En el fútbol moderno ya no hay un solo árbitro — hay un sistema. El árbitro central en la cancha, los asistentes en las bandas, el cuarto árbitro en la zona técnica, y el VAR revisando en tiempo real desde una sala que nadie ve pero que todo el mundo siente. Cada uno con un rol distinto, cada uno con una mirada diferente sobre el mismo partido. Ninguno reemplaza al otro — se complementan.

Las organizaciones que entienden el compliance de verdad funcionan igual. La primera línea de defensa — los equipos de negocio — toma las decisiones en la cancha. La segunda línea — compliance, riesgo, control interno — observa el juego desde afuera y puede intervenir. La tercera — auditoría interna — revisa la película después. Y el regulador externo es el VAR supremo: no está en la cancha, pero su revisión es la que más duele cuando marca error.

Aquí vale hacer una distinción que en compliance se confunde más de lo que debería. El árbitro no es parte del equipo — nunca lo fue. No viste la misma camiseta, no celebra los goles, no le duelen las derrotas. El árbitro es parte del entorno en el que el equipo tiene que jugar. Como el regulador, como el mercado, como el auditor externo. Nadie los eligió. Pero están ahí, y las reglas que aplican son las mismas para todos.

El compliance sí es del equipo. Viste la misma camiseta, quiere que el negocio gane, corre hacia el mismo arco. Pero es el que mejor conoce el reglamento, el que lee el entorno, el que le dice al DT hasta dónde puede llegar sin arriesgar que el partido se detenga. No está en la tribuna mirando — está en la cancha, corriendo con el equipo, con los ojos puestos también en el árbitro.

Pero aquí viene el matiz que la propia FIFA tardó años en resolver. Una de las resistencias históricas al VAR era filosófica, y su autor fue Joseph Blatter, presidente de la FIFA durante casi dos décadas. Su argumento no era técnico — era de principios: «El deporte debe jugarse de la misma manera, no importa dónde quiera que estés en el mundo. La simplicidad y la universalidad del juego es una de las razones de su éxito.» Dicho de otro modo: si la tecnología solo llega a los estadios que pueden pagarla, el fútbol deja de ser el mismo juego para todos. Fue el gol no cobrado de Lampard contra Alemania en Sudáfrica 2010 — un remate que cruzó claramente la línea de gol y que el árbitro no convalidó — lo que aceleró decisiones que la FIFA venía postergando. Blatter terminó cediendo. Pero el debate que abrió nunca se cerró del todo.

El compliance enfrenta exactamente el mismo dilema. No toda organización necesita un VAR sofisticado. Una empresa mediana no requiere el mismo sistema de control interno que un banco regulado por un supervisor financiero internacional. Lo que sí es universal — como las reglas básicas del fútbol — es el principio: alguien tiene que estar mirando el partido, alguien tiene que poder intervenir, y alguien tiene que revisar lo que pasó. El cómo se implementa eso depende del tamaño, la industria y el riesgo de cada organización. Lo que no es opcional es tener el sistema — aunque sea con banderín y silbato.

Cinco reglas. Una sola idea.

Para este Mundial, la IFAB aprobó cinco cambios que todo árbitro ya está estudiando — y que todo compliance officer debería leer con la misma atención. El objetivo declarado es uno: que perder el tiempo deliberadamente tenga un costo que nadie pueda controlar después de que se activa.

Regla 1 — 5 segundos para saques de banda y de meta. El árbitro cuenta con la mano, en público, frente a todos. No hay forma de disimular que el tiempo se acabó. En compliance: la transparencia del nuevo entorno regulatorio funciona igual. Los registros, las trazabilidades, los reportes automáticos — todo cuenta en voz alta. Ya no hay zona gris donde el tiempo simplemente se diluye sin que nadie lo note.

Regla 2 — 10 segundos para salir al cambio, o tu equipo juega con diez. Si el jugador que sale no abandona el campo en ese plazo, el sustituto debe esperar un minuto completo. El equipo queda en inferioridad numérica sin que el árbitro haya expulsado a nadie. En compliance: la conducta de una sola persona puede dejar expuesta a toda la organización. La consecuencia no la decide el árbitro — la genera la regla sola.

Regla 3 — 60 segundos fuera si recibiste atención médica. Todo jugador que detenga el partido por una lesión debe salir del campo y permanecer al menos un minuto fuera antes de reincorporarse. En compliance: el equivalente más honesto es la política que se aprueba en el papel, se comunica en un correo y se archiva en el sistema — pero nadie capacitó a nadie, nadie cambió ningún proceso. La política existe para mostrarla, no para aplicarla. La interrupción ocurrió. La lesión sigue ahí.

Regla 4 — VAR con más herramientas de corrección. El sistema amplía su capacidad de intervención en tiempo real. En compliance: la segunda línea de defensa ya no elabora informes después del partido. Interviene mientras el juego ocurre, con capacidad de revertir lo que el árbitro de primera línea no vio.

Regla 5 — El arquero tiene 8 segundos para soltar el balón, y si demora el saque de meta le cobran córner. El guardián del equipo — el que tiene el balón en las manos, el que controla la salida — ya no puede retenerlo indefinidamente. Si no actúa a tiempo, no solo pierde la posesión: le entrega al rival una oportunidad de gol desde la posición más peligrosa. En compliance: el equivalente más directo es el compliance officer que tiene los resultados de una investigación interna y no los reporta al directorio. Terminó la investigación, hay conclusiones, hay responsables identificados. Pero el informe no sube — porque las conclusiones son incómodas. Retener no es proteger. Es regalarle el córner al problema.

Los bonus — también aprobados por FIFA — apuntan a algo más profundo que la conducta en sí: apuntan a la transparencia. Taparse la boca al encarar a un rival, salir del campo en protesta — ambas acciones tienen en común que buscan ocultar algo: lo que se dijo, lo que se pensó, lo que no se quiso aceptar. En compliance el principio es el mismo. Las organizaciones raramente colapsan por haberse equivocado. Colapsan por haber sabido que algo estaba mal y haber decidido no decirlo. El error es manejable. La falta de transparencia es lo que convierte un problema en una crisis.

El DT que perdió un partido en el Mundial por haber llegado con el reglamento viejo

Aquí está la imagen que no me sale de la cabeza. Son los minutos finales de un partido ajustado en el Mundial. El equipo que va ganando hace un cambio. El jugador que sale camina despacio hacia la banda, saluda a la tribuna, se detiene a intercambiar palabras con el asistente técnico. Diez segundos.

Cualquier árbitro que haya leído el reglamento nuevo ya está contando. Y al undécimo segundo, el sustituto no puede entrar. El equipo juega con diez durante un minuto entero.

En ese minuto, el rival recupera el balón. Tres toques rápidos, un espacio que antes no existía, y el gol que cambia el partido. Nadie tomó esa decisión. Nadie la arbitró. La consecuencia fue la consecuencia natural de no haber leído el reglamento nuevo antes del torneo.

El DT no puede reclamarle al árbitro. Sólo puede mirarse a sí mismo — y preguntarse cuándo fue la última vez que se sentó a estudiar las reglas con las que su equipo iba a jugar.

Prepararse para jugar con las reglas de hoy

El fútbol que veremos este Mundial será más rápido, más continuo y menos tolerante con el antijuego táctico. No porque los árbitros vayan a ser más estrictos — sino porque el reglamento ahora genera consecuencias que ningún DT puede controlar una vez que se activan. Eso obliga a prepararse de otra manera: estudiando el reglamento antes del partido, no durante.

El compliance que viene exige exactamente lo mismo. No el que reacciona cuando el regulador llama — el que diseña los procesos sabiendo que cada segundo de exposición innecesaria es un espacio que alguien más puede aprovechar. No el que sanciona después — el que aplica la ley de la ventaja: deja el juego correr cuando el riesgo está controlado, y actúa con decisión cuando no lo está.

Pero hay algo que las cinco reglas nuevas de la FIFA no pueden hacer. No pueden obligar a un jugador a devolver la pelota.

Cualquier aficionado al fútbol conoce esa escena. Un jugador cae lesionado. El equipo que tiene la posesión la saca voluntariamente fuera de la cancha para que reciba atención. No hay regla que lo exija. No hay tarjeta si no lo hace. No hay VAR que lo revise. Es un acuerdo tácito entre competidores que dice: hay algo más importante que el resultado en este momento. Y cuando el juego se reanuda, el equipo que recibió esa devolución devuelve la pelota también. Sin que nadie se lo pida. Sin que nadie lo esté mirando con especial atención.

Eso es cultura. Y ningún reglamento la produce.

Las malas prácticas que estas cinco reglas buscan eliminar — el cambio táctico lento, la simulación, la pérdida de tiempo deliberada — no desaparecieron solas. Durante décadas, el fútbol las toleró porque eran convenientes y porque el sistema no las penalizaba con suficiente claridad. Fue necesario cambiar el reglamento porque la ética no alcanzó. Eso es exactamente lo que ocurre en muchas organizaciones: los programas de compliance existen porque la buena voluntad no fue suficiente.

Pero el compliance que solo opera con reglas y consecuencias llega hasta cierto punto. El que además construye cultura — el que logra que las personas devuelvan la pelota aunque nadie las esté mirando — ese juega en otra categoría.

Esa charla previa es la que le faltó al DT que perdió un partido en el Mundial por haber llegado con el reglamento viejo.

Y es la que muchas organizaciones todavía no han tenido con sus propios equipos.


*Andrés Cuevas es Compliance Director for Latin AmericaEmergent Cold

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