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Pensar como abogado; hablar como humano: La ciencia detrás de hacer que el compliance se entienda
Al terminar mi primera charla como abogado de la gerencia de compliance de una empresa, se me acerca uno de los gerentes generales y me dice en tono cercano pero ácido (y en un lenguaje informal que dejo al lector/a completar): “Oye [...] qué fomes son las charlas de compliance […]”
Por Martín Aylwin*
- Más distraídos que un pez dorado: el verdadero desafío del compliance
Ocho segundos. Según la ciencia,[1] esa es la atención promedio de un adulto frente a un estímulo nuevo. Esto es menos que la de un pez dorado.
Si en ocho segundos no recibes un estímulo del entorno que te interese, ya estás pensando en otra cosa, en la notificación del celular, en contestar un correo del trabajo o en el tráfico de regreso a casa.

Y como profesionales del compliance, no podemos ser ajenos a esta realidad. Especialmente cuando nuestro trabajo consiste, en buena medida, en lograr que las personas entiendan, recuerden y apliquen lo que les comunicamos.
Yo lo aprendí de una manera vergonzosa en 2018 cuando entré a trabajar desde el Ministerio del Medio Ambiente al área de compliance de una empresa multinacional. A las pocas semanas, me tocó dictar una capacitación corporativa para gerentes y mandos medios. En mi cabeza la hice excelente: demostré que sabía y expuse con rigor las complejidades de la ley que estaba explicando.
Cuando terminé, se me acerca uno de los gerentes generales y me dice en tono cercano pero ácido (y en un lenguaje informal que dejo al lector/a completar): “Oye […] qué fomes son las charlas de compliance […]”
Y ahí fue donde por primera vez pensé: ¿seremos nosotros parte del problema? ¿Será que los abogados hablamos en dificil?
- ¿Cómo aprenden los adultos?
Te invito a hacer un experimento mental. Imagina una capacitación de compliance habitual: una sala, 30 a 60 personas, un abogado al frente, 30-40 diapositivas y un espacio final para preguntas. Una hora y media, incluyendo referencias a artículos, jurisprudencia y definiciones técnicas.
¿Qué nos dice la ciencia sobre esa capacitación?
La respuesta tiene mucho que ver con la atención: esa capacidad de concentrarnos en una sola cosa, ignorando las demás. Y considerando la hiperconectividad, la capacidad para atender y sostener la concentración sin perderla es cada vez más compleja.
A continuación, algunos datos:
Uno. En 2009, los investigadores Dianne Dukette y David Cornish[2] midieron la atención motivada de los adultos. Y concluyeron dos aspectos muy interesantes.
El primero, la capacidad que tenemos para mantener una atención continua, esto es, sin lapsus de interrupción alguno, es de tan solo 8 segundos. Después de eso es posible que una persona desvíe su mirada o que un pensamiento fugaz ingrese a la conciencia.
El segundo, una persona tiene hasta 20 minutos de atención motivada; esto es la atención puesta en algo que le interesa. Después de eso, el cerebro adulto se va. No es falta de voluntad, es biología.
Dos. En 2024 Deloitte[3] midió cuánto tiempo de su semana laboral dedica realmente un trabajador a adquirir nuevos conocimientos. El resultado: el 1%. Veinticuatro minutos en una semana de cuarenta horas. Y, peor aún, el trabajador hiperconectado se distrae en promedio cada cinco minutos.
Tres. Los adultos no aprenden como los niños. Malcolm Knowles, uno de los referentes mundiales en la materia, identificó cuatro principios sobre cómo aprende un adulto:
- Primero: el adulto aprende cuando está involucrado, no cuando es pasivo.
- Segundo: el adulto aprende desde su experiencia previa, no desde cero.
- Tercero: el adulto aprende lo que es relevante para su trabajo o su vida, no lo que es interesante para el profesor.
- Cuarto: el adulto aprende resolviendo problemas, no recibiendo información.
Cuatro. Lo poco que sí logramos transmitir como expositores se pierde rápido. La curva del olvido de Hermann Ebbinghaus, descrita en 1885 y validada hasta hoy, muestra que, sin refuerzo, las personas olvidan aproximadamente el 70% de lo aprendido en 24 horas, y hasta el 90% en una semana.
En resumen: lo poco que logramos transmitir, se pierde rápido. Y lo único que sobrevive son las ideas simples, breves y memorables.
Te invito a reflexionar con honestidad. Una capacitación típica de compliance: ¿cumple alguno de estos cuatro principios?
En mi opinión no cumple ninguno. Y por eso la gente se desconecta. No porque sea distraída. Porque biológicamente no puede sostener lo que le estamos pidiendo que sostenga.
- ¿Por qué los abogados hablamos como hablamos?
Ya sabemos cómo aprenden los adultos. Pero falta la otra mitad de la ecuación: ¿qué rol jugamos los abogados en esto? ¿La falta de atención es solo problema del receptor, o también es responsabilidad del que habla?
Esto me lleva a una segunda pregunta: ¿por qué los abogados hablamos tan difícil?
Dos estudios del MIT[4], liderados por el científico cognitivo Edward Gibson, abordan exactamente esta pregunta. Y los hallazgos son demoledores.
El primero comparó el lenguaje de contratos y leyes con guiones de cine, artículos de prensa y papers académicos de otras disciplinas. El hallazgo: los textos legales tienen una característica rarísima en el lenguaje humano: insertan definiciones largas y complejas en el medio de las oraciones.
Un ejemplo lo aclara. En vez de escribir «el trabajador deberá denunciar un hecho«, es común leer algo así: «el trabajador, entendiéndose por tal toda persona natural que preste servicios personales bajo dependencia o subordinación en virtud de un contrato de trabajo conforme a lo establecido en el Código del Trabajo, deberá denunciar el hecho«.
Es la misma oración. Pero la segunda hace que el cerebro humano colapse.
El segundo midió si los abogados entendían mejor los textos legales complejos (“legalese” por su definición en inglés) que quienes no son abogados. Para evaluarlo, reunieron a 105 abogados de distintas edades y contextos, y les pidieron leer dos versiones de una misma cláusula: una con lenguaje técnico complejo, otra simplificada.
El resultado: incluso los abogados entendieron mejor la versión simplificada. Y los autores concluyeron algo más incómodo todavía: los abogados escribimos así por tradición e inercia, no porque el contenido lo exija. Simplificar los textos legales beneficia a todos. A los lectores, y también a quienes los escribimos.
Un tercer estudio, esta vez de la Universidad de Florida[5], midió las consecuencias del lenguaje legal complejo. A un grupo de participantes se le entregó una transcripción ficticia de un juicio, redactada en dos versiones: una con jerga jurídica, y otra simplificada. Resultado: quienes leyeron la versión compleja no solo entendieron menos, tendieron a votar «culpable» con más frecuencia, y declararon tener menos confianza en el sistema judicial.
Traduzcamos esto al compliance. Si yo, abogado, llego al área comercial de una empresa y hablo en jerga técnica, no solo estoy fallando en comunicar los riesgos. Estoy creando distancia entre esa área y el programa. Estoy enseñándoles, sin querer, que el compliance es algo ajeno. Algo de abogados. Algo que no les pertenece.
[1] David Cornish y Dianne Dukette, The Essential 20: Twenty Components of an Excellent Health Care Team, RoseDog Books / Dorrance Publishing, 2009, pp. 72–73.
[2] David Cornish y Dianne Dukette, The Essential 20: Twenty Components of an Excellent Health Care Team, RoseDog Books / Dorrance Publishing, 2009, pp. 72–73.
[3] Ver: https://www.deloitte.com/nz/en/services/consulting/blogs/is-your-learning-designed-for-the-modern-learner.html
[4] Eric Martínez, Francis Mollicab and Edward Gibson (2023), Even lawyers do not like legalese. Psychological and Cognitive Sciences, Vol 120, No.23. / Eric Martínez, Francis Mollicab and Edward Gibson (2022), Poor writing, not specialized concepts, drives processing difficulty in legal language. Congition, Vol 224.
[5] Olivia Bullok (2026), Jargon, fluency, and judgment: how legal jargon shapes juror decision-making, Journal of Applied Communication Research. Ver: https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/00909882.2026.2639525




