Columnas

La identidad de género y la defunción del derecho

"En muy gruesas y económicas líneas, podemos decir que la ideología de género (o “teoría de género”, para quienes prefieren evitar el término “ideología”) efectivamente entiende que lo masculino y femenino es una construcción estrictamente cultural que nada tiene que ver con un sexo “natural”.

Esteban Vilchez

El miércoles 5 de septiembre pasado, en La Tercera, don Álvaro Pezoa, ingeniero comercial y doctor en filosofía, propuso la siguiente tesis: si la ley de identidad de género es aprobada en Chile, asistiremos a “la defunción del mismísimo derecho”.

Yo, que soy abogado, me aterré un poco ante tan espeluznante escenario. Lo único que sé hacer en la vida para sustentarme y cuidar de quienes dependen de mí es litigar. Si se termina el derecho a causa de estas terribles personas denominadas “ideólogos de género”, debería responsabilizarlas de mi cesantía y acaso debería demandarlas por los daños y perjuicios… pero, ¿qué digo? Ya no habrá derecho ni instituciones.

Revisemos, entonces, qué es esto de la ideología de género, qué es esta ley y cuál es la relación de causalidad entre su aprobación y la extinción del “mismísimo” derecho, en la expresión del doctor.

Esteban Vilchez

En muy gruesas y económicas líneas, podemos decir que la ideología de género (o “teoría de género”, para quienes prefieren evitar el término “ideología”) efectivamente entiende que lo masculino y femenino es una construcción estrictamente cultural que nada tiene que ver con un sexo “natural”. No habría hombres y mujeres “naturalmente”, sino solo “culturalmente” hablando. De este modo, nacer con un pene o una vagina no convierte a ese ser nacido en un hombre o una mujer, que es solo un ser humano; es la cultura la que le asignará un género u otro, tomando habitualmente en consideración precisamente la clase de genitales con los que se asoma el correspondiente ser humano al mundo: “es hombrecito” o “es mujercita”, suelen decir los receptores tras examinar a la creatura. Pues bien, ya esas dos frases son meras asignaciones culturales frente a un ser que, en realidad, biológica o naturalmente hablando, no es ni hombre ni mujer.

Consecuencia de lo anterior es que usted puede no identificarse con el género culturalmente asignado a partir de sus características sexuales primarias, sino con el opuesto a ese género o incluso con ninguno de los dos, como ocurre con quienes se denominan “ágenero”.

Entiendo perfectamente que esto revuelva los delicados estómagos conservadores, particularmente en los círculos religiosos, amantes de lo inmutable. Al fin y al cabo, “hombre y mujer” los creó Dios, dejémonos de cosas. El ex Papa – es curioso que haya un “ex Papa”, ¿no? – Ratzinger decía que la ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura. En su preclara opinión, el ateísmo negaba a Dios, el materialismo la espiritualidad y la ideología de género la biología y el cuerpo.

Honestamente, y a riesgo de ser abucheado – en estos temas, ser abucheado es en realidad lo único esperable al exponer una opinión, cualquiera que sea – soy algo escéptico de la idea de que lo masculino y lo femenino nada tengan que ver con nuestra biología natural. Entre los mamíferos, la categoría de macho y hembra parece bastante natural y lo cultural son los problemas de identidad de género. A riesgo de decir una barbaridad, no sé si hay leones o leonas transgénero. Pero, de una u otra forma, lo objetivo es que, en todo caso, hay personas que definitivamente no se sienten identificadas con el género que se les asigna como consecuencia de su biología. Obviamente no hay por ello una “enfermedad mental”, cuestión que se está imponiendo tal como cuando se extrajo a la homosexualidad de las enfermedades psiquiátricas por parte de la OMS. Simplemente, se trata de una minoría, como los homosexuales o lesbianas, que no por eso pueden ser considerados ni enfermos ni deben ser discriminados en sentido alguno.

Pues bien, si, como lo dice el Boletín 8924-07, que contenía la ley ahora aprobada, entendemos que “identidad de género es la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente”, corresponda o no con el sexo asignado al nacer, la pregunta que sigue es: ¿qué daño puede haber para el resto de la población en que aquellos que tienen una vivencia de su género no coincidente con el sexo asignado al nacimiento ajusten ambas cosas a través de una rectificación de su partida de nacimiento? Porque de esto se trata la ley.

Moreira dice que es “aberrante”, porque atenta contra la familia. Hoy no alcanzo a analizar semejante anatema. Pero, por ahora, no veo qué tiene de aberrante que las personas hagan coincidir sus nombres con su vivencia del género. Ni cómo eso amenaza a otras familias.

Menos aún veo cómo respetar esta situación de las minorías podría terminar con el “mismísimo derecho”. Para el doctor Pezoa, si se lee su columna, el problema es que este tipo de reconocimientos destruye la idea de una “naturaleza invariable” y, con ello, toda posibilidad de tener un sistema de principios que sea universal. Es correcto que este tipo de legislaciones reconocen la igualdad esencial que tiene todo sentimiento subjetivo o querer individual para exigir que se le respete, en tanto no se dañe a otros de manera objetiva. Pero, a diferencia de Pezoa, esto me parece muy bueno. En mi caso, estoy muy feliz con mi identidad de género y me encanta que respeten que use un tipo de ropa o que tenga un nombre “masculino”, pues creo que es mi derecho ser respetado así; pero si no estuviese conforme con mi identidad, me parecería obvio que se respetase mi derecho a vestirme como mujer y a llamarme con un nombre femenino. ¿Qué puede haber de malo en respetar ambos sentimientos? ¿Por qué hacerlo pondría en peligro al Derecho?

De hecho, no todos creen en naturalezas invariables o principios inmutables inscritos en el corazón humano por Dios o la naturaleza. Y, sin embargo, debemos convivir entre todos. El Derecho se justifica porque hace la convivencia entre distintos posible y, cuando lo hace, está más vivo que nunca. El Derecho, en cambio, nunca ha estado más muerto que cuando los dueños de la verdad, que la entienden inmutable y solo revelada a ellos, buscan destruir al diferente, al que es minoría, al que es otro. Sobre eso, puede preguntarle, solo a modo de ejemplo, a la Inquisición o al nacionalsocialismo, por nombrar solo dos casos.

No, no estoy de acuerdo con el doctor en Filosofía. La ley de identidad de género habla de civilización, de tolerancia, de inclusión y de un Derecho perfectamente saludable.

Esteban Vilchez

Abogado, Universidad de Chile. Ha hecho clases de derecho penal en diversas universidades, actualmente es socio de AD Abogados.

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