Columnas

Lo que las láminas del Mundial me enseñaron sobre Compliance, protección de datos e IA

Por José Ignacio Camus M. *

El otro día mi hijo menor cambió tres repetidas por una de Cristiano Ronaldo. Yo estaba ahí, mirando de lejos, y les juro que negoció mejor que gerentes de procurment de grandes empresas que me ha tocado conocer. Sabía lo que tenía, sabía lo que valía la lámina que quería, y cerró el cambio antes de que el entrenador los llamara para iniciar las clases de futbol.

José Ignacio Camus M.

En mi casa llevamos semanas en esto. El álbum del Mundial tiene 1.070 láminas y mis hijos se las saben todas. Cuáles tienen, cuáles les faltan, cuáles les sobran. Sin planilla, sin recordatorios, sin que nadie les pida un informe. Y una noche, viéndolos ordenar repetidas en la mesa del comedor, pensé algo que me dio un poco de vergüenza profesional. Los Niños tienen un mejor sistema de gestión que la mayoría de las empresas con las que he trabajado en quince años.

Lo digo en serio. Piensen en cómo funciona la logistica en el patio del colegio. La regla la pone el álbum, esta lámina va aquí y no hay más discusión. El control es la lista de faltantes, que revisan todos los días porque les duele el espacio vacío. Y la evidencia es la lámina pegada, punto. Niños de siete y de nueve años corriendo un sistema completo de cumplimiento sin saber que existe la palabra.

Después llego a la oficina y veo el otro lado. Empresas donde preguntar qué controles tienes y cómo lo demuestras gatilla tres reuniones, dos correos a legal y una semana de silencio. Políticas de cuarenta páginas que no ha leído ni el que las firmó. Matrices de riesgo que se actualizan una vez al año, con suerte, generalmente porque viene una auditoría. Y cuando aparece el regulador, todos corriendo a buscar el respaldo que debió estar siempre a mano.

La diferencia es brutal y es una sola. El álbum no miente. El espacio vacío se ve. Molesta. Y como molesta, se gestiona. En las empresas la brecha también existe, pero está escondida en una carpeta compartida que nadie abre, así que todos pueden hacer como que no está. Mis hijos revisan su álbum todas las tardes. Las empresas revisan su cumplimiento cuando ya se quemó la casa.

Hay otra cosa que vi en las cambiatones, mis Hijos comparten su lista de faltantes con cualquiera que se las pida. Y esa lista, si uno lo piensa dos minutos, es información valiosa para ellos. Dice qué tienen, qué buscan, con quién cambian, cuánto están dispuestos a dar. La entregan sin filtro porque confían. A su edad está bien, el break es un lugar seguro. El problema es que los adultos hacemos lo mismo todos los días, con datos infinitamente más sensibles, en lugares donde nadie nos conoce. Aceptamos términos sin leer. Bajamos la app del álbum digital para que los niños jueguen. Y en algún servidor, no sabemos de quién ni dónde, quedó registrado qué colecciona tu hijo, a qué hora se conecta y desde qué comuna.

Eso, con la 21.719, con un reloj que ya está corriendo, debería quitarle el sueño a más de alguno. Pero la mayoría de las empresas sigue tratando los datos personales como repetidas, algo que se regala nomás, total sobran. El día que llegue la primera multa grande de la Agencia, ese espacio vacío en el álbum lo va a ver todo el mercado. Y ahí no hay compañero que te preste la lámina.

Confesión final, porque en esta época ninguna columna se salva de hablar de inteligencia artificial. Yo les hice a mis hijos un tracker digital para el álbum. Una tarde, con IA, listo. Quedó bueno, con contador de repetidas y todo. ¿Y saben qué pasó? Lo usan, sí, pero como apoyo. Las decisiones que importan, qué cambiar, con quién, por cuánto, las siguen tomando ellos, cara a cara, en el patio. La herramienta ordena. El criterio es de ellos.

Esa proporción es la correcta y la estamos perdiendo. Veo empresas automatizando su compliance al revés. Le entregan el juicio al sistema y se quedan con el reporte bonito para mostrarle al directorio. Eso es llenar el álbum con láminas falsas. Se ve completo de lejos. De cerca no vale nada.

Mi hijo mayor me dijo hace poco que cuando termine el álbum lo va a guardar para mostrárselo a sus hijos. Ahí caí en que el álbum lleno no es el premio. Es la evidencia de meses de orden, de registro, de confianza construida cambio a cambio. Eso es lo que vale. Y eso es lo que a las empresas todavía les cuesta entender del cumplimiento. No es el certificado en la pared, es la infraestructura que sostiene todo lo demás.

Mientras escribo esto, mis hijos están en el comedor contando repetidas. Mañana hay break y tienen cambios pendientes. Ellos no lo saben, pero llevan meses haciéndolo bien. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de nosotros.


*José Ignacio Camus M. es cofundador y director de AdmiralONE, plataforma de infraestructura GRC para Chile y Latinoamérica. Con más de 15 años de experiencia en gobernanza, riesgo y compliance, preside el Comité de Asuntos Públicos y Relaciones Institucionales de ALTECH, la Asociación Chilena de LegalTech.

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