Columnas

Ética en los negocios: la gestión estratégica del riesgo reputacional

Por Sara Lara Espinoza*

La ética empresarial ya no es un complemento ni un discurso aspiracional: es un criterio de decisión.

Esta semana, en el marco de las II Jornadas Internacionales de Compliance y Sostenibilidad Corporativa de la Universidad del Desarrollo, expuse sobre un punto que, a mi juicio, es clave: cómo la ética se traduce -o no- en las decisiones reales de las organizaciones.

La ética empresarial implica incorporar valores en la cultura y en el quehacer diario de la empresa: responsabilidad, coherencia, trabajo bien hecho, confianza. Pero no se juega en los códigos ni en las declaraciones, sino en las decisiones concretas que se toman bajo presión, en medio de incentivos, tensiones y trade-offs. Es ahí, en la práctica cotidiana, donde se define el verdadero impacto de una organización sobre las personas, las comunidades y la sociedad.

Por eso, gestionar una empresa no es solo un desafío técnico o económico: es, ante todo, un desafío ético. Los principios solo generan efectos cuando se incorporan en los procesos, en los sistemas de gestión y en la cultura que orienta cómo se decide.

Sara Lara Espinoza

Múltiples casos en los últimos años muestran que las grandes fallas corporativas no se explican únicamente por la ausencia de normas, sino especialmente por decisiones y sistemas que no estuvieron a la altura de las expectativas. El estándar cambió: ya no basta con responder a los accionistas. Hoy importan todos los stakeholders. La empresa dejó de ser solo un actor económico para convertirse en un actor social cuya legitimidad depende de su impacto.

En este contexto, la reputación (un activo intangible, pero decisivo) se construye lentamente y puede perderse en un instante. No depende de lo que la empresa declara, sino de lo que hace y de cómo decide. Surge del tono ético, de la integridad cultural, de la calidad del gobierno corporativo y de la forma en que la organización enfrenta sus dilemas reales.

El riesgo reputacional, además, no mira solo al pasado: es un riesgo prospectivo. Importa tanto lo que ocurrió como lo que podría ocurrir si las decisiones no son las correctas. Puede originarse en la empresa, en sus líderes, en sus trabajadores, en sus proveedores o incluso en los propios consumidores. Pero en todos los casos tiene un denominador común: aparece cuando la empresa no cumple los estándares legales, los que ella misma declara o los que la sociedad espera. Por eso, el riesgo reputacional no está en un punto específico: está en todo el sistema.

La evidencia reciente en Chile lo confirma. El estudio ESG & Reputación 2026 de Acción Empresas y Azerta, muestra que los principales factores que construyen reputación no son externos ni financieros, sino internos: el alineamiento entre propósito y estrategia, y una cultura organizacional basada en valores y ética.

Esto es especialmente relevante, porque rompe con una idea tradicional: la reputación no se construye desde afuera, sino desde adentro. Desde la coherencia.

Por eso, la confianza y la ética dejan de ser conceptos abstractos y pasan a ser activos empresariales. En mercados cada vez más exigentes, la reputación no es opcional: es un diferenciador competitivo.

Aquí aparece el rol clave de la cultura organizacional. La cultura no es solo un discurso: es el habilitador de la coherencia. Es lo que permite que los principios realmente se traduzcan en decisiones concretas. Y ese es el verdadero desafío para los directivos: convertir guías de comportamiento en marcos reales de decisión y acción.

Gestionar una empresa, en consecuencia, es gestionar un sistema ético que impacta profundamente la vida de las personas. Por eso, la ética ya no puede ser un complemento: debe convertirse en un criterio de decisión. Gestionar reputación no es solo gestionar comunicación, sino gestionar decisiones.

En definitiva, la reputación no se construye desde la comunicación, sino desde las decisiones. Y cuando esas decisiones se sostienen en una ética vivida, no solo declarada, la empresa la fortalece su legitimidad.

Porque en el mundo actual, la confianza no se exige… se construye. Y se construye desde adentro.

*Sara Lara Espinoza

Abogada y Directora Ejecutiva de Asociación de Ética Empresarial y Organizacional de Chile

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